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Las celebridades que huyen de la foto

Las celebridades que huyen de la foto

Ser rico no es necesariamente ser famoso

Hubo un tiempo en el que los ricos de verdad, y no los ricos de fogueo, o los nuevos ricos, anunciaban sus celebraciones mejores aquí, en la agenda de ABC. Era, incluso, un premio o regalo la reseña de la boda familiar, por ejemplo, en estas páginas, con lo que lo privado era público, por un día, o casi. De modo que el ABC cumplía de boletín oficial de los casamientos de los ricos de linaje, que no es lo mismo que los casamientos del linaje de los ricos, aunque un poco sí. Cumplía, y cumple. Pasa en otros grandes periódicos, como el New York Times. Aquí se publicaba la noticia escueta, en antípoda del chisme, y se enteraba quien se tenía que enterar. Ser rico, entonces, no es necesariamente ser famoso, y ahora tampoco. Sobre todo, ahora. Igual hasta hoy es justamente lo contrario.

Hay una fama en curso próspero, la de las redes sociales, y luego hay una fama oculta, o retranqueada, o rebelde, que es la de los famosos que tienen patrimonio de vitola, y que por tanto no son famosos según los cánones de escaparate, sino según los cánones del mejor clásico: es sabio quien lleva una vida oculta. Es una fama al revés. Da un poco de pudor citar nombres, porque tiene uno la sensación clara de que está asomándose a la intimidad ajena. La sensación, y acaso la certeza. En el tiempo del escaparatismo, casi obsceno, de Instagram, las familias de gran fortuna, las familias fetén de la sociedad de oro, apuestan por vivir casi en el anonimato, en el largo privilegio del anonimato. Y sin «casi», muy a menudo.

Una nueva generación

Hay bodas en el horizonte más o menos inmediato, donde asomarán apellidos de fulgor, como Entrecanales, o March, pero serán unas bodas en la orilla contraria a la boda de Sergio Ramos, por ejemplo. Uno arriesgaría que en épocas de espuma, como ésta, donde el selfie es un oficio, ha prosperado una nueva generación de familias de apellidos de oro que aún viven más lejos de la noticia familiar, o sentimental, que sus propios padres. El prestigio es no aparecer en ninguna foto. El prestigio, y el milagro.

Son gentes que huyen de todo exhibicionismo, que es un vicio, o un riesgo, o las dos cosas, donde practican la insistencia las alegres mayorías. Podríamos deducir, en fin, que gran parte de los hijos de los padres que algún día fueron reseña de acontecimiento, en la agenda de ABC, hoy van fundando, espontáneamente, una suerte de aristocracia a contracorriente de los tiempos, porque no tienen ninguna gana de salir en la foto para la afición. Las fotos, para los álbumes privados. Y la información, pues mejor secreta.

Hace bien aquel que escoge un vivir oculto, aunque a la prensa nos dé un trabajo, y un disgusto, quizá. Un modo de vivir seriamente difícil, y casi anómalo, en unos años modernos en los que la emoción es un teatro y la verdad un selfie de urgencia.