Vida

El almanaque español de Peter Lindbergh

El almanaque español de Peter Lindbergh

El artífice del fenómeno de las supermodelos de los 90, aquí también encontró a muchas de sus musas

Peter Lindbergh era un polaco de simpatías que gustaba de pasar temporadas de holgura en la isla de Ibiza. Tenía aprecio y apego por España, y sumó entre sus musas inolvidables a Penélope Cruz, Maribel Verdú, o más recientemente Rosalía. Como a Borges, le parecía que «la verdad, como la belleza, es frecuente», y se aplicó al lema con la cámara en la mano.

Penélope Cruz

Él es el autor de la estampa histórica e insuperable donde las modelos Christy Turlington, Linda Evangelista, Rachel Williams y Tatiana Patitz posan sin posar en una playa, hermanadas de camisa blanca. La foto, en su día, se descartó de la publicación, porque iba en dirección contraria a las fotos de moda al uso, todas en color y con las modelos sin gesto, tediosas de perfección, todas intercambiables, tan perfectas que dudaríamos de su existencia. Aquella foto de descarte es un póster supremo de la inauguración del auge de las modelos de los 90, luego rebautizadas top models, cuya alineación empieza en Naomi Campbell o Cindy Crawford y llega hasta nuestra maravillosas nacionales de aquel momento, desde Inés Sastre hasta Celia Forner.

Rosalía

Fue un maestro del blanco y negro, y de las fotos de grupo, bajo la matemática de la espontaneidad. No retocaba las fotos, como la mayoría de los colegas, y aborrecía el photoshop, que es de algún modo un achaque de la juventud de las maniquíes. Aquí van al respecto sus propias palabras: «La imagen que se envía de las mujeres es escandalosa. Con photoshop se crean robots, como si fuera una ventaja medir 1,80 metros y pesar 45 kilos. Esa norma nos lleva al fin de la civilización».

Trabajó para las revistas prestigiosas del género, como «Vanity Fair», o «Vogue», y firmó en tres ocasiones el célebre calendario Pirelli, la última en 2017, protagonizado por actrices como Nicole Kidman, Helen Mirren o Léa Seydoux, sin velos de maquillaje ni más adorno que la luz directa de la intimidad.

Nunca es tarde

Llegó al arte de la fotografía muy tardíamente, porque ya había cumplido los 30 años, pero su estilo resultó un trueno inmediato. Le nacieron discípulos incontables. Si fotografíaba a una modelo, o una actriz, era como si les concediera un premio. Tenía una pasión sólida por Van Gogh, y dedicó parte de su juventud al escaparatismo. Venía de un padre que se dedicó a la venta de caramelos, e iba para firma de oro de la belleza moderna, que será convulsa, o no será, según diagnosticó Andre Breton, y Lindbergh siguió, despreciando la rutina de la fotografía preparada y fastuosa, con más oropel que temperatura, con más sastrería que pulpa. Hizo de la mujer un sacerdocio, y siempre pensó antes en el cuerpo que en la ropa. Hizo las fotos exquisitas de la boda de Marta Ortega.

Marta Ortega

Su retrato coral de las modelos apoteósicas del año 90 se descartó en su momento por exótica, pero cotizó enseguida más allá de los 75.000 euros en las subastas de Sotheby’s.