Vida

Bosé, un apolo en Somosaguas

Bosé, un apolo en Somosaguas

La casa de los Bosé, en Somosaguas, fue un templo casi mítico de la creación alegre, y de la imaginación soleada, o sea, de la libertad en todas direcciones. Ahí pintabaLucía Bosésus cerámicas de fantasía, ahí se reunían piezas varias de Pablo Picasso, ahí ideaba Miguel Bosé sus melodías. Ahí prosperó y luego no prosperó la pareja deslumbradora de Lucía Bosé y Luis Miguel Dominguín. Los convidados o huéspedes resultan un coro de ilustrísimos que incluyen a Jean Cocteau o Ginés Liébana, ese genio de Córdoba que dibujaba ángeles manieristas, mientras charlaba. Yo pisé esa casa a propósito de una entrevista a Miguel Bosé, una tarde del año 1994.

Era invierno, y uno llevaba el encargo de cumplir una entrevista con Miguel, que se quiso hablador, valiente, atrevidísimo incluso. La casa de Somosaguas era un interior de clima de artistas y un exterior de jardín salvaje. Bosé llegó a decirme, en algún momento de nuestra cita, que había escrito una novela, y que si algún día se atreviera a publicarla igual sopesaba hacerlo bajo pseudónimo, para evitar en los lectores los prejuicios. Porque Miguel Bosé, en aquel entonces, era ya Miguel Bosé. Obviamente, ya había colocado en el cancionero eterno los temas Bandido, Sevilla, o Linda, entre otros, había hecho cine, y vivía consagrado como el primer apolo nacional, e incluso internacional.

En lo alto de nuestra charla, me dejó una reflexión de hondura y atrevimiento: «A mí lo que me gustaría es parir, directamente. Me encantaría tener varios hijos, pero no sabría qué hacer con la madre. Bueno, en realidad no sabría qué hacer con la pareja, porque no lo he sabido nunca. Quizá puede quedar muy machista y muy insolente, esto de tener un hijo sólo para mí y no querer compartirlo con una mujer, pero es la pura verdad. Yo soy muy solitario». He citado literalmente de aquella charla ya un poco remota, una charla que luego repercutió en los medios, y en la calle, como un trueno, como ese trueno de audacias que es Bosé, cuando se pone.

Si nos fijamos, Bosé nunca ha cambiado de estilo, probando muchos estilos. Quiero decir que Bosé ha hablado desde siempre un idioma propio, un alfabeto de albedrío que algunos le han imitado, pero con menos riesgo y menos percha. Sus heterodoxias no pasan sólo por la indumentaria de largo repertorio sino por el discurso a contracorriente, y de susto de sinceridad, incluso. La ropa es siempre una declaración de intenciones, un lenguaje, y el Bosé imprevisible ya viene anunciándose desde lejos, hasta hoy, en sus sastrerías de ninguna convención.

Un álbum de fotos de Bosé es un inventario del afán del reinventarse a diario, dando capricho al espíritu creador o imaginativo, y pasando mucho de las ofertas de la moda del momento, que nos igualan. No sólo ha sido un guapo de extravagancias, sino el anfitrión de unas tendencias que, a menudo, empezaban y acababan en él mismo. En la ropa, y en la charla. Fue una estampa irresistible, y el andrógino más apabullante de España, cuando sus inicios, e incluso después. Un apolo con guarida en Somosaguas.

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