Opinión

Propaganda separatista en el 17-A

Propaganda separatista en el 17-A

La confusión moral del separatismo catalán es una enfermedad endémica y sus dirigentes no son capaces de superarla siquiera por unas horas en torno a las víctimas del terror yihadista

El independentismo catalán no perdió la ocasión de utilizar el segundo aniversario de los atentados del 17-A en Barcelona para manipularlo políticamente y lanzar sombras de conspiración entre los terroristas y los servicios de información del Estado. Las declaraciones del presidente Torra fueron un ejemplo de lo primero, al citar por sus nombres no a las víctimas de aquella masacre, sino al prófugo Carles Puigdemont y a los acusados Joaquim Forn y Josep Lluís Trapero, con la sola finalidad de mantenerlos en el imaginario separatista sin mancha de responsabilidad política. De lo segundo se encargó Puigdemont, al pedir -él, un fugado de la Justicia y procesado por delitos muy graves- una investigación parlamentaria para aclarar «todos los puntos oscuros» del atentado. No podían faltar los Comités de Defensa de la República, quienes pidieron «respuestas» en una protesta ante la Sagrada Familia.

Nada resulta sorprendente en este concierto de sectarismo si se recuerda cómo fue recibido el Rey Felipe VI cuando acudió hace dos años a la manifestación de repulsa por los atentados. Mientras para la Corona y las instituciones del Estado lo prioritario fue atender y acompañar a las víctimas del terrorismo yihadista, los grupos separatistas manipularon su dolor para hacer al Estado responsable de la tragedia. La confusión moral del separatismo catalán es una enfermedad que se ha hecho endémica y sus dirigentes no son capaces de superarla siquiera cuando tienen el deber cívico de facilitar, sólo por unas horas, la cohesión y la unidad de la sociedad catalana en torno a las víctimas del 17-A.

Además, la amenaza del terrorismo yihadista persiste en Europa, en España y, por tanto, en Cataluña, donde se asientan grupos muy activos del islam más radical, cuyo objetivo sigue siendo la captación de jóvenes musulmanes no integrados en la sociedad catalana y tentados con el resentimiento contra Occidente. Quienes desde el nacionalismo adularon a grupos musulmanes radicales por su desvinculación con la cultura y los hábitos de la sociedad española, saben ya que cometieron un error. Todos los servicios de inteligencia occidentales conocen la efervescencia del extremismo islamista en Cataluña. Por esto es necesario que el nacionalismo cambie sus prioridades y sitúe en primer lugar la unidad frente al terror, porque, por desgracia, nadie está exento de sufrir un nuevo atentado yihadista. No hay que regalar a los terroristas el efecto añadido a sus atentados mortales de dividir a la sociedad, en vez de unirla, de enfrentar a ciudadanos y políticos, en vez de cohesionarlos. El nacionalismo catalán debe comprender que no puede estar saltándose continuamente los límites de la convivencia democrática y la ética más elemental.