Opinión

Patricia Highsmith y yo

Patricia Highsmith y yo

«Todos los investigadores de virología y biología molecular que he conocido, porque son las personas del mundo que mejor conocen el mal, no se atreverían jamás a participar en los enredos y chismes de este carnaval grotesco de números que crean especialistas y expertos»

Hace medio siglo, amontonando un enjambre de disparates y temeridades, me dejé llevar, a bordo de un barquito oxidado, al pie de las cataratas del Niágara. Único confidente de mi canguelo y calado hasta los huesos (como mi compañera de infortunio Patricia Highsmith), rendí culto a San Turismo y sus absurdas ceremonias para excursionistas. Puesto que la utopía es una quimera peligrosísima que se encajona en un presente radiante cueste lo que cueste.

Encerrado en un pedazo de chatarra temblón viví una pesadilla que ni una novelista policiaca hubiera podido soñar. Iba revuelto en el estrépito de los torbellinos desencadenados, y con todo mi raciocinio agarrado por la mieditis en la galera avancé erre que erre hacia la mismísima catarata.