Opinión

No podemos ser un Estado fallido

No podemos ser un Estado fallido

Desde que el extinto Imperio otomano cargara con el sambenito de ser el enfermo de Europa, no pocos países han ocupado ese dudoso honor. España ha sido percibida como una nación con salud preocupante en distintos momentos en las últimas dos décadas, en especial cuando el final de la legislatura de Zapatero nos dejó casi en quiebra. Costó enormes esfuerzos superar la crisis económica y que se nos volviera a ver con respeto en los foros internacionales. Pero todo se está yendo al traste y a una

velocidad de vértigo. Hasta el punto de que
se empieza a hablar de España como un Estado fallido
. Al hecho tan inquietante de que seamos el país con
los peores datos por la pandemia del coronavirus
-y por desgracia en los puestos de cabeza en todo el mundo en número de muertos, que se dice pronto-, se añade
una quiebra política e institucional que nos aleja cada vez más de los estándares de las democracias bien asentadas
. Analistas internacionales, inversores, organizaciones financieras o
think tanks
de prestigio se muestran
incapaces de comprender cómo desde el Gobierno de la Nación se arremete a diario contra la Jefatura del Estado y otros poderes independientes
, como la Justicia, y se sume al conjunto del país en una inestabilidad perpetua y en el socavamiento de las instituciones.Cualquier país necesita generar confianza y revestirse de una imagen de estabilidad en el exterior. Y no digamos ya en medio de una crisis tan brutal como la que afrontamos, cuando dependemos absolutamente de ayudas que tienen que venir en nuestro auxilio de fuera. Pero el Gobierno bicéfalo de Sánchez e Iglesias está consiguiendo justo lo contrario. No puede extrañar así la enorme repercusión que ha tenido el artículo del profesor de Economía en la Universidad Bundeswehr de Múnich,
Friedrich Leopold Sell
, publicado en uno de los periódicos suizos más influyentes en Centroeuropa, titulado
¿Es España un Estado fallido y cómo debería tratar la UE a ese miembro?
No estamos ante una voz aislada. No han cesado las informaciones desde hace meses de cómo los líderes de las instituciones comunitarias y muchos socios europeos
no se fían del Gobierno y asisten con inquietud y asombro a la estrategia desestabilizadora de Pablo Iglesias y sus ministros de Podemos
. Si es demoledor para nuestra imagen exterior que estemos a punto de alcanzar el millón de contagios por Covid-19, lo que nos estigmatiza de un modo muy difícil de superar, qué decir de lo grave que es que perdamos el crédito en el terreno político y económico, como está sucediendo.
Con esta crisis de reputación, las ayudas europeas para hacer frente a la pandemia adquieren otra dimensión
. Por un lado, Moncloa sigue sin dar señales de que vaya a acometer ninguna de las
necesarias reformas estructurales que se nos exigen en Bruselas hace años
. Y, por otro, son comprensibles los
temores que despierta que la gestión y reparto de ayudas quede exclusivamente en manos de la arbitrariedad del Gobierno
. Hoy más que nunca hace falta que organismos internacionales identifiquen proyectos viables a financiar y que en nuestro país una agencia, con representación también de la empresa privada, ejecute los fondos comunitarios.