Opinión

Las tareas de Pekín en Hong Kong

Las tareas de Pekín en Hong Kong

Al Gobierno chino no le queda otra que reconocer como propias las aspiraciones de sus ciudadanos a una vida mejor y más abierta

Las protestas democráticas en Hong Kong se han sucedido durante las últimas once semanas y no llevan camino de detenerse. El asunto es mucho más grave de lo que se podría suponer porque China no es un país cualquiera, sino una de las potencias más importantes para la economía mundial y a nadie le viene bien que las cosas no funcionen en el gigante asiático. Hasta ahora, Occidente ha accedido a hacer negocios con China sin haber animado antes a sus autoridades a que avanzasen en la democratización de la sociedad. Pero el comercio con aquel país ha sido tan beneficioso desde otros puntos de vista que no ha sido un gran esfuerzo hacer la vista gorda. Por otro lado, el fantástico éxito de la economía china tiene que desembocar en el nacimiento de una masiva clase media, que tarde o temprano reclamará los derechos y libertades que ahora no tiene. La protesta actual se ha encendido en Hong Kong porque en aquella antigua colonia británica sus ciudadanos se veían amenazados precisamente por el recorrido inverso, puesto que la ley de extradición a Pekín supone precisamente abolir la esencia de sus libertades, en vez de extenderlas paulatinamente hacia el resto de sus compatriotas. El Gobierno de Xi Jinping tiene ahora también el peso del escrutinio internacional y ni al más insensato de sus estrategas se le podría pasar por la cabeza la idea de recurrir a la fuerza como sucedió hace treinta años en la Plaza de Tiananmen. Así que aunque los medios que han utilizado los manifestantes no hayan sido siempre los más adecuados, al Gobierno chino no le queda otra que reconocer como propias las aspiraciones de sus ciudadanos a una vida mejor y más abierta, asumiendo las reivindicaciones de los habitantes de Hong Kong como una manera de señalar el futuro de todos.