Opinión

Las puertas giratorias del PSOE

Las puertas giratorias del PSOE

El presidente del Gobierno exhibió una piel de extrema sensibilidad cuando exdirigentes del PP con cargos públicos pasaban al sector privado, y lo denunciaba como una forma de corrupción

Con las veces que Pedro Sánchez se ha desdicho de sus promesas podría redactarse una enciclopedia, o una tesis doctoral. Desde el insomnio que le provocaba Pablo Iglesias, hasta la solemne declaración de que nunca pactaría con Bildu. Si en lo político la palabra de Sánchez tiene un valor menos que residual, en lo referente a la ética pública sucede tres cuartos de lo mismo. El presidente del Gobierno exhibió una piel de extrema sensibilidad cuando exdirigentes del Partido Popular con cargos políticos pasaban al sector privado y lo denunciaba como una forma de corrupción pública. En numerosas ocasiones clamó contra el enchufismo, el amiguismo y el nepotismo, y comprometió la regeneración de estas prácticas en cuanto llegara al poder. Realmente, lo que ha hecho Sánchez en cuanto ha llegado a La Moncloa ha sido mantener y cualificar esas prácticas de las llamadas «puertas giratorias». El caso de su amigo de la infancia, Ignacio Carnicero, regresado del exilio profesional para asumir una dirección general en el Ministerio de Transportes, sin ser una «puerta giratoria», se suma a otros que demuestran que los principios de Pedro Sánchez son tan reversibles como su palabra. El exministro José Blanco y el expresidente de la Generalitat José Montilla acaban de ingresar en el consejo de Enagás, con un sueldo de 160.000 euros anuales. No son los únicos que el socialismo puede mostrar como transeúntes de las «puertas giratorias», pero sí son directamente imputables a Pedro Sánchez y a su falta de respeto por su propia palabra, similar a la que tiene Pablo Iglesias, cuyos camaradas de Unidas Podemos se sientan ya en los consejos de administración de las mismas empresas que tanto esmero pone en fiscalizar.

Esta izquierda de doble moral considera que sus incongruencias no calan en la opinión pública, y sí lo hacen. Los ciudadanos perciben con qué facilidad Pablo Iglesias ha pasado de ser un sedicente revolucionario incorruptible a una pieza mediocre del engranaje de la casta. Y por eso traga con la recolocación de socialistas en puestos espléndidamente retribuidos. No es mala esta relación entre lo público y lo privado cuando permite que los mejores gestores de lo uno y de lo otro asuman responsabilidades que redundan en beneficio general. La cuestión que muchas veces ni son los mejores, ni son gestores. Simplemente les ha llegado el turno en el reparto del botín. Cualquier servidor público que haya destacado en su gestión tiene el derecho de incorporarse -con las debidas cautelas, derivadas de cualquier conflicto de intereses- al sector privado. No es este el caso. Las puertas giratorias de las que tanto hablaban Pedro Sánchez y Pablo Iglesias no se mueven precisamente a través de un mecanismo de méritos y esfuerzos. El único mérito aquí es ser amigo, conocido, socio o compañero.