Opinión

La UE profundiza su crisis con el fracaso presupuestario

La UE profundiza su crisis con el fracaso presupuestario

La grave crisis económica que zarandeó hace una década a buena parte de Europa, cuyos coletazos aún se dejan sentir, convenció a los líderes comunitarios de la urgente necesidad de repensar la Unión Europea. Después, con el triunfo en las urnas del Brexit, en 2016, se instaló como un mantra la ineludible obligación de reinventarla. El tiempo ha pasado. Y Londres incluso se ha divorciado de Bruselas, superando lo que parecía un callejón sin salida. Pero la UE sigue igual, más débil si acaso por tener un poderoso miembro menos. No se ha adecuado a los desafíos a los que hoy debe dar respuesta en un mundo globalizado en el que el eje de la gobernanza internacional vira hacia latitudes que cada vez nos son más lejanas.

Ese anquilosamiento explica en buena medida el gran fracaso del Consejo Europeo extraordinario que ha evidenciado diferencias entre los Veintisiete casi irreconciliables para aprobar el marco económico para los próximos años (2021-2027). Los líderes de cada Estado miembro se han enzarzado en una discusión sobre la miseria -lo que está en juego es poco más del 1% del PIB continental-, que vuelve a dejar claro que cuando se trata de dinero la Unión se percibe solo como un mercado y los intereses nacionales empañan una visión más global y de largo alcance. La salida del Reino Unido deja al club comunitario con unos 10.000 millones de euros menos anuales. Y los países más ricos y no demasiado poblados no están por la labor de aumentar su contribución. Por ello, sobre la mesa hay una propuesta de recortes en dos áreas: los fondos de cohesión y la PAC, las ayudas a un sector agrícola que, como se ve en España, está más que asfixiado por muchas razones, incluida la desigual competencia con países en vías de desarrollo que tienen acuerdos comerciales con la misma UE.

No le falta razón al presidente Sánchez al tachar de "altamente decepcionante" la propuesta presupuestaria de Bruselas. Pero es que es, sobre todo, injusta y disparatada. Porque, tanto que se habla de profundizar en la integración, la UE pretende meter la tijera en áreas que redundan en la convergencia real de los 500 millones de europeos, vivan donde vivan -de lo que también se benefician esos países más ricos-, mientras se aumentan las exigencias por ejemplo en materia medioambiental o en sostenibilidad, con un gran coste añadido, o se plantea la urgencia de dedicar grandes recursos a campos como el de la revolución digital. Se quiere hacer mucho más con menos, la cuadratura del círculo imposible. Y se ha perdido tiempo muy valioso para que la UE buscara nuevos recursos propios, incluidos impuestos comunitarios.

Todas las negociaciones en Bruselas son largas y complejas. Cabe confiar en la capacidad de los países más afectados, incluida España, para acabar logrando un acuerdo presupuestario satisfactorio, que atienda las necesidades reales de los ciudadanos. Con el fantasma euroescéptico al acecho, la UE se juega su ser o no ser.