Opinión

La desfachatez se impone al caso Ábalos

La desfachatez se impone al caso Ábalos

Es razonable que Ábalos esté políticamente desnortado porque todas sus versiones del encuentro se han saldado con mentiras demostrables

La desfachatez con la que el ministro de Transportes, José Luis Ábalos, pretende salir indemne del escándalo provocado por su encuentro del pasado enero con la vicepresidenta venezolana, Delcy Rodríguez, va en aumento. Es razonable que Ábalos esté políticamente desnortado porque todas sus versiones del encuentro se han saldado con mentiras demostrables. Pero sobre todo es humillante que ya ni siquiera Pedro Sánchez le defienda públicamente, haciendo, por cierto, una dejación de funciones y una declinación de responsabilidades como ningún otro presidente en democracia. Pedro Sánchez echa balones fuera de modo vergonzoso, deja a Ábalos a los pies de los caballos, y cree que basta con decir que el Gobierno ha resuelto una crisis diplomática. Al menos, haría bien el presidente en explicar a los españoles qué crisis es esa, en qué han consistido los méritos de Ábalos y, de paso, por qué es el ministro de Transportes, y no la titular de Exteriores, por ejemplo, quien tiene que acudir de madrugada a un aeropuerto a solucionar un conflicto diplomático grave. Incluso, no estaría de más que admitiese que fue él quien envió a Ábalos, porque es impensable que acudiera por propia iniciativa.

Ayer José Luis Ábalos quiso sacudirse la presión de la oposición en el Congreso con absurdas alusiones al 11-M o al Yak-42. Al final, entre mentira y mentira, terminarán siendo José María Aznar o Mariano Rajoy los culpables de permitir a la vicepresidenta de una dictadura como la venezolana saltarse todo tipo de controles, pisar un suelo prohibido y eludir las sanciones impuestas por la UE. Ábalos sigue sin ser creíble. Ahora la novedad es que hasta Sánchez se despega de él.