Opinión

La Cataluña que pudo ser

La Cataluña que pudo ser

Diana Garrigosa fue la última discreción de Cataluña. Demostró que se podía ser Primera Dama sin robar

Diana Garrigosa fue la última discreción de Cataluña. Demostró que se podía ser Primera Dama sin robar, sin obligar a su marido a que dejara robar a sus hijos y sin creerse que la institución o el país o la ciudad le debían algo. Fue la esposa de todo un alcalde olímpico y nunca reclamó ningún protagonismo, ni creó ninguna empresa para transaccionar con ningún negocio público. Cuando su marido enfermó, lo cuidó con sus propias manos y la ayuda de familiares y amigos, aunque tenía dinero de sobra para dejarle en manos de enfermeros, o en una residencia especializada, y no sufrir la tristeza y el desgaste que supone cuidar a un enfermo de Alzheimer. El repentino infarto que

ha sufrido a sus 75 años de edad, y que le ha causado la muerte, ha sido el de un corazón que ha apurado la vida con generosidad, dedicación y ternura.

Diana Garrigosa tenía un máster en Ciencias Económicas en la especialidad de Econometría por la New School for Social Research de Nueva York. Trabajó en el Centro Ordenador Municipal del Ayuntamiento de Barcelona y fue profesora de Informática en la escuela Aula de Barcelona. Fue hija de Cristóbal Garrigosa, ingeniero óptico –que junto a los hermanos Cottet fundó en L’Hospitalet la Industrial Nacional de Óptica (INDO)– y de Josefina Laspeñas. Se casó con Pasqual Maragall en 1965 y tuvieron tres hijos: Cristina, Airy y Guim. Junto a su marido, fue fundadora del PSC y militante hasta que se dio de baja en 2006.

Sus pocas apariciones públicas fueron siempre de una gran jovialidad: mientras Maragall estuvo en el poder, bien fuera como alcalde de Barcelona o como presidente de la Generalitat, les recordamos bailando en algún concierto de La Mercè, paseando por Barcelona o en compañía de sus hijos y nietos. E incluso cuando del modo más cruel y descarnado, los llamados «quinquis del Baix Llobregat», del PSC, en cabeza de José Zaragoza, amenazaron a su marido con hacer pública su enfermedad si no renunciaba a ser el candidato a las elecciones autonómicas de 2006, Diana se dio de baja sin ningún espectáculo de rencor y sin perder nunca su amable sonrisa.

Ella encarnó la Cataluña que pudo ser. Una Cataluña abierta, generosa, basada en el éxito Barcelona; una Cataluña simpática, soleada, sonriente, partidaria de la alegría y dispuesta a crecer en la idea y en la inteligencia. Una Cataluña amorosa, nada cínica, que amaba a su familia sin necesidad de convertirla en una oscura trama delictiva y que vivió la política –como el amor– desde la honda, emocionante y hermosísima inocencia de quien siempre creyó que podía dejar un mundo mejor.

Cataluña se ha extraviado en la vulgaridad del resentimiento ruralizante, en el recelo y en la desconfianza; y Barcelona se ha avergonzado de sí misma, creyendo que su carácter abierto y su instinto de proyección universal y de prosperidad la hacen culpable de no se sabe exactamente qué. Su marido se le fue yendo poco a poco, hasta convertirse en un fantasma, pero ella ganó, porque nunca se rindió en su amor, en su entrega, y en su férrea voluntad de ayudar en lo que pudiera a los demás.

Pronto por la mañana, antes de las 10, vi ayer a mi exalcalde subiendo por Aribau, en compañía de su hija Cristina, con la mirada entre ida y triste pero con el saludable, elegante porte físico de quien ha sido cuidado por quien le ha querido mucho.