Opinión

La casa de Luxemburgo

La casa de Luxemburgo

«De un pueblo que comparte su territorio con tantos extranjeros cabría temer que viviera con mentalidad de asedio, en actitud defensiva. No es así: según se desprende de la divisa del Gran Ducado, los luxemburgueses tienen la tranquila determinación de seguir siendo lo que son, pero sin retórica nacional hinchada ni hostilidad hacia los extranjeros»

¿Cómo llega un país extranjero a formar parte de la propia vida, y a dejar, por tanto, de ser propiamente extranjero? Hay una forma clásica, la de la admiración de la grandeza, que suele discurrir por vías literarias, históricas y políticas y que puede proyectarse sobre varios países a la vez. Es más, el admirador de la grandeza se convierte con frecuencia en lo que Chesterton llamaba un galanteador de las naciones. Es esa una galantería múltiple que se practica sin infidelidad a la patria y que, bien cultivada, acompaña durante toda una vida.

Pero Luxemburgo no ha entrado en mi vida de esa manera, sino que lo ha hecho por sorpresa, como decía Marivaux que ocurría con el amor.