Opinión

El virus democrático

El virus democrático

«Quizá -me digo a mí mismo- sean días propicios para el silencio. Para recordar que no sabemos mucho de lo poco que sabemos. Para dejar los pulgares bien quietos. Para ser invisibles, sentenciar menos, tener la elemental prudencia de hacerle más fácil decidir a quien deba hacerlo, a quien tenga esa responsabilidad»

Este es uno de esos artículos que corren el riesgo de quedar obsoletos en cuarenta y ocho horas, barrido por los acontecimientos cambiantes, barrido por la realidad. Es decir: es un artículo normal. Nadie que escriba estos días sobre el ángel exterminador sin ser virólogo, epidemiólogo o exorcista tiene mucho que decir; tampoco yo. Prometo, a cambio, no dar consejos, no indignarme, no inventarme que ya hubiera dicho nada ni suspirar que qué sabía yo. Son tiempos de incertidumbre, de fragilidad recién despabilada, y con la incertidumbre -para la que el ser humano no parece preparado- llega el miedo, que es como el desconcierto, pero haciéndose daño uno y haciendo daño a los demás.

Decían los políticos de Yes, minister,