Opinión

El riesgo de usar el fondo europeo para cambalaches

El riesgo de usar el fondo europeo para cambalaches

Fiel a su tendencia bonapartista, Pedro Sánchez ha decidido asumir en personal la gestión de los 140.000 millones que España tiene asignados con cargo al fondo europeo de reconstrucción. La necesidad de esta inyección económica se ha vuelto imperiosa después de certificar el desplome del PIB en el segundo trimestre -el mayor de la Unión Europea- y la incapacidad del conjunto de las administraciones, empezando por el propio Gobierno, para controlar los rebrotes y evitar así asestar un daño mayor a la economía de nuestro país. Las autoridades comunitarias y los líderes de la Unión han dado un paso al frente, pero España está obligada a un ejercicio de corresponsabilidad no solo para gestionar con acierto este fondo sino para implementar las reformas que condicionan su aplicación y que deben estar orientadas, de forma prioritaria, a un cambio de modelo productivo.

Sánchez aprovechó la Conferencia de Presidentes en San Millán de la Cogolla -con la presencia del Rey y ante la única ausencia del presidente de la Generalitat- para comunicar a los mandatarios autonómicos que él mismo controlará el reparto del fondo europeo. En el fondo, serán él y su lugarteniente, Iván Redondo, quienes tutelarán un esquema personalista adosado a una estructura que más bien parece ornamental: una «conferencia sectorial», presidida por la ministra de Hacienda, que dará cabida a las voces autonómicas y a los grandes ayuntamientos; y un «comité de alto nivel» del que aún se desconoce el nombre de los integrantes. La realidad es que Sánchez se hace amo y señor del dinero que llegue de Bruselas. En el fondo, subyace la voluntad del presidente de manejar, con su habitual personalismo, la tarta europea y, de esta forma, usarla a modo de instrumento de presión a diestra y siniestra de cara a aprobar los Presupuestos del Estado. Con los antecedentes conocidos, el riesgo es dilapidar esta cuantiosa inyección y que, a cambio, sea agitado por Sánchez para sus cambalaches. En este sentido, resulta un pésimo prólogo del reparto del fondo el acuerdo alcanzado por el Gobierno con el PNV para elevar el techo de endeudamiento de las diputaciones forales. Se trata de un nuevo y vergonzoso peaje al nacionalismo, al que se sigue privilegiando con una interlocución bilateral, con lo que ello supone de agravio para el resto de comunidades.

El fondo europeo ofrece a España la posibilidad de afrontar proyectos viables que permitan acometer las reformas pendientes y renovar la planificación en capítulos como el de las infraestructuras, donde se sigue viviendo de las rentas de la etapa de Felipe González y José María Aznar. Al golpe que supone el coronavirus, España arrastra un déficit de reformas estructurales para mejorar la competitividad y flexibilizar el mercado de trabajo. Es lógico que el reparto del fondo europeo atienda a un plan nacional. Lo insensato sería derrocharlo al albur del oportunismo o las necesidades partidistas de Sánchez.

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