Opinión

Covid-19, la hora de la ciencia

Covid-19, la hora de la ciencia

La crisis del coronavirus nos va a permitir determinar, ya sin espacio para los sesgos, el verdadero significado de una palabra, progreso, que muy a menudo se utiliza de forma sectaria

Ni siquiera la violencia con que el virus de Wuhan está castigando a Occidente, hasta hacerle perder sus señas de identidad, que son sus libertades, individuales y públicas, y dejar malherido el cuerpo de su economía, ha sido capaz de nublar ese horizonte de progreso que secularmente ha hecho avanzar al mundo libre. La misma investigación que en las últimas décadas ha permitido a los países de nuestro entorno avanzar y desarrollarse, hasta lograr los actuales estándares de riqueza y bienestar, es ahora la punta de lanza de una batalla en la que está en juego la propia supervivencia de nuestro modo de vida. Frente al Covid-19, enfermedad que dejó hace tiempo de ser una amenaza, ya materializada, necesitamos el tratamiento o la vacuna que nos permita recuperar el tono vital, cimentado en la libertad, y el tejido económico, y a esa labor se dedica buena parte de la élite científica universal, volcada en una carrera por encontrar remedio para un mal que no es solo de carácter sanitario. Perceptible en todos los órdenes de una actividad pública que ha sido trastornada, la crisis generada por el coronavirus nos va a permitir determinar, ya sin lugar a dudas, ya sin espacio para los sesgos, cuál es el verdadero significado de una palabra, progreso, que muy a menudo se utiliza de forma sectaria, tergiversada por quienes la impregnan de tintes ideológicos y, paradójicamente, involutivos. Antes de que la izquierda se apropiara del término, el progreso consistía, y aún consiste, en invertir en investigación y en apostar por un desarrollo que nos haga más fuertes para responder de forma solidaria a la adversidad, presente o futura.

ABC dedica hoy su Primer Plano a los aspectos científicos de una crisis cuya naturaleza biológica ha cogido al mundo, sobradamente preparado para polemizar sobre la política y la economía, con el paso cambiado. Las reacciones, sin embargo, son desiguales. Incluso en sus primeras fases, definidas por el confinamiento, son los países que más fondos han destinado a la investigación los que antes y mejor van a salir del agujero del Covid-19, un episodio que en el mejor de los casos será pasajero, pero que ya invita, con todo su rigor, a replantear cualquier aproximación al genuino progreso. Con medios escasos, sin el necesario aliento de la Administración, a través de iniciativas públicas o privadas, España participa desde un plano muy secundario en la guerra científica que desde los laboratorios más avanzados el mundo se ha declarado al Covid-19. Las transiciones ecológicas, las transformaciones digitales o la justa causa de la mujer, sin extremismos ni escoramientos excluyentes, no conforman por sí solos un progreso cuya verdadera naturaleza hay que buscarla en la investigación, en el desarrollo y en unos centros de análisis en los que la ideología no puede tener sitio.