Opinión

Conversación en Tel-Aviv

Conversación en Tel-Aviv

«Para el que nada cree, Jerusalén es una bella ciudad que habita el desasosiego: cada adoquín, cada calleja habla el lenguaje de la más hermética teología. Tel-Aviv es exactamente lo contrario. Y aun los diversos integristas religiosos son aquí pintorescas teselas del abigarrado mosaico que transita por calles de exuberancia que el viajero no hubiera creído imaginable. Ser distinto es, en Tel-Aviv, sencillamente ser»

«Alejarse, por así decir, de la última orilla»: eso hace el filósofo, sentencia Schelling hacia 1825. Eso me da vueltas en la cabeza durante esta «noche de la filosofía» en Tel-Aviv. 30 de mayo pasado. En doce sedes, sesenta y cinco debates simultáneos. Filósofos franceses, alemanes, polacos, israelíes. También, un único español. En nada me siento aquí aislado. Aun hablando en una lengua que no es la mía. «Alejarse de la última orilla» tiene eso: es aceptarse en la palabra de los otros, saber que nada nos pertenece más que la interrogación que enfrenta nuestras propias certezas y las suspende en la duda.

Voy a cumplir setenta años. Y, mientras la conversación se explaya en los vastos paisajes sobre los