Opinión

Brecha salarial, no tecnológica

Brecha salarial, no tecnológica

La criba se ha saldado con más de 540.000 mayores de 50 años entre los parados de larga duración. A la hora de despedirlos no se valora la experiencia, sino el sueldo

Primeras víctimas de los ajustes de plantilla que siguieron a la crisis de hace ahora una década, los mayores de cincuenta años se enfrentan ahora a las exigencias de una Cuarta Revolución Industrial, de naturaleza tecnológica, que los ha convertido en lastre para las empresas que los mantienen en plantilla. La digitalización no ha hecho sino subrayar el estigma que sufre un sector de la población muy numeroso -los hijos del llamado «baby boom» de mediados del pasado siglo- y cuyos costes laborales, más abultados que los de las nuevas generaciones, amenazan su permanencia en el mercado. El plan de Telefónica para financiar la salida voluntaria de 2.800 trabajadores de más de 53 años es el enésimo ejemplo de una criba que en los últimos años se ha saldado con más 540.000 trabajadores de este grupo de edad entre los parados de larga duración, más del 40 por ciento del total. A la hora de despedir a estos empleados no se valora la experiencia, sino el salario.

El proceso de adaptación a la era digital es la excusa para prescindir de unos trabajadores que, pese a su número, ya solo ocupan el 31 por ciento de los empleos y cuya presencia en el mercado laboral se reduce de forma progresiva, según avanza su edad. El drama que comienza a los cincuenta años se agudiza hasta la edad de jubilación. Aunque no tenga coste para el Estado, como es el caso del plan de suspensión individual presentado por Telefónica, esta lógica empresarial solo contribuye a aumentar el creciente desequilibrio que provoca la sustitución de quienes a partir de los cincuenta años dejan de tributar por sus rentas de trabajo por unos jóvenes cuyos bajos sueldos no son suficientes para mantener activa la maquinaria del Estado de bienestar.

La presunta inadaptación de los mayores de cincuenta años a los nuevos entornos digitales no deja de ser una falacia, más aún en un mundo interconectado desde hace años a las redes virtuales y forzados como consumidores a integrarse a través de ordenadores o terminales móviles en un mercado global que, sin cortes de edad, obliga a una permanente actualización de habilidades y conocimientos. A la pérdida de valor que para las empresas representa un proceso de sustitución que sacrifica la experiencia y en la que priman las tablas salariales se suma el coste que para la Administración va a tener la asistencia de un sector de la población abocada al paro de larga duración y necesitado de una solidaridad pública cada vez más limitada, condicionada por el cambio del modelo retributivo. A la larga, lo que dejen de pagar las empresas tendrá que aportarlo un Estado cuyas piezas sociales no encajan. De forma directa o indirecta, a corto o a largo plazo, esta brecha salarial entre generaciones perjudica a todos.