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Reservistas de la Guardia Nacional se despliegan en torno a la capital

Reservistas de la Guardia Nacional se despliegan en torno a la capital

Incendios, saqueos y disparos obligan a ampliar en cuatro horas el toque de queda

Cuando el domingo cayó el toque de queda sobre Washington, los focos que iluminan la Casa Blanca se apagaron, sumiendo a esta en unas sombras propias de sus tiempos más oscuros. A pocos metros, una turba enmascarada quemaba coches, rompía escaparates, armaba barricadas. Por tercera noche consecutiva, Donald Trump quedaba aislado en su residencia, prometiendo en las redes sociales « ley y orden», ante una capital en llamas. Una columna de humo se elevaba hacia el cielo desde la famosa plaza de Lafayette, la primera vez que esto ocurre desde que las tropas británicas incendiaron la capital de EE.UU. en 1814.

Tras tres meses vaciada por la pandemia de coronavirus, Washington amaneció ayer saqueada. En el centro, los negocios que el domingo no cubrieron sus lunas con madera, amanecieron con sus cristales rotos, parte de su mercancía desaparecida. Los asaltantes no hicieron ascos a nada, ni a colmados ni a farmacias, y desde luego tampoco a la nueva tienda Apple, abierta hace apenas unos meses en una histórica biblioteca de 1903. Iracundos, los vándalos intentaron quemar la sede central del mayor sindicato del país, Afl-cio, y hasta la sacristía de la iglesia episcopal de San Juan, donde han rezado absolutamente todos los presidentes desde principios del siglo XIX.

Hincar la rodilla

Las protestas en Washington ha comenzado de forma pacífica por las tardes, con cientos de jóvenes lamentando la muerte de George Floyd, de raza negra, bajo custodia policial en Mineápolis. El domingo parecía que la concordia iba a imponerse, especialmente cuando varios agentes de policía local de raza negra hincaron la rodilla ante los manifestantes, en señal de solidaridad, justo en una de las calles que desemboca la Casa Blanca. Pero al caer la noche, los radicales toman el control de las protestas, desafiando el toque de queda declarado el domingo a las 23.00 y adelantado ayer a las 19.00.

Ante el temor de que un millar de personas rompieran el cordón policial y penetraran en el recinto de la Casa Blanca, el Gobierno movilizó a toda la Guardia Nacional de Washington, unos 1.700 soldados que rodearon junto con el Servicio Secreto y la Policía Militar la residencia del presidente.

Las medidas de seguridad en torno a Trump se han endurecido en los pasados días, y ni domingo ni lunes abandonó la Casa Blanca. El viernes pasó algo más de una hora en el búnker subterráneo en desuso desde los atentados del 11-S. Anoche, con el anuncio de su comparecencia en el jardín de la Casa Blanca para dirigir un mensaje a la nación, los manifestantes redoblaron su asedio, y la Presidencia respondió enviando unidades mecanizadas de la Guardia Nacional desde cinco estados próximos, que se desplegaban en torno a Washington D. C., sin llegar a entrar en la capital, que ampliaba en cuatro horas el toque de queda, de siete de la tarde a seis de la mañana.

El silencio habitual de las noches de Washington ha cambiado por un constante sobrevuelo de helicópteros, sirenas de bomberos, estallidos de cristales y lejanos ruidos de disparos. Los drones vigilan las multitudes y sus destrozos, la revuelta se retransmite en tiempo real por medio de cientos de teléfonos móviles.Desde la apagada residencia del presidente, avanzan en oleadas humaredas de gas lacrimógeno. Los asaltantes se mojan los ojos con leche para combatir la irritación, pero estornudan y tosen unos encima de otros, algo impensable hace apenas una semana, pues así es como se expande el coronavirus, que en este país se ha cobrado ya 100.000 vidas y ha provocado 40 millones de parados. La pandemia, sin embargo, parece ya un pasado lejano, viejas noticias de otro tiempo anterior a los disturbios.