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Luto y exilio: las vidas que derribó el misil accidental iraní

Luto y exilio: las vidas que derribó el misil accidental iraní

Los vecinos de la calle Jerarmand han instalado un pequeño altar para recordar a las víctimas del trágico vuelo PS752. Una joven habla por teléfono junto a él. Este periodista se acerca por detrás y...nada más percatarse, la chica pega un respingo. "Le juro que no estaba fotografiando, sólo estaba de paso", ruega, con cara de circunstancias. Este es el estado de las cosas en las calles capitalinas, donde el dolor y la rabia centrifugan juntos y el miedo, tras las cargas habidas en la noche previa de protestas, asoma.

Muchos rostros sonrientes. Luces que ya no están contemplan a los transeúntes que observan consternados sus retratos, que colman una mesa sencilla coronado con velas y banderas de los siete países que perdieron a sus compatriotas. "Ofrecemos nuestras condolencias", dice la pancarta que flanquea el memorial. Instalaciones así se han desperdigado por Teherán, sobre todo alrededor de la Universidad Politécnica de Amir Kabir y la de Sharif, a las que pertenecían algunos de los muertos.

Sorprende la cantidad de parejas jóvenes. Tres de ellas eran recién casadas: Arash Purzarabi y Puneh Gorji, graduados por la Universidad de Alberta, regresaban tras celebrar la boda junto con sus familias. Él había ganado una medalla de oro en las Olimpiadas de informática. Nilufar Ebrahim, graduada en Kingston, y su flamante marido Said Tahmasebi, se quedaron unos días en Irán para recibir sus fotografías de boda. Algo parecido hicieron Siavash Ghafouri-Azar y su mujer Sara Mamani, ambos universitarios.

Velas para las víctimas del Boeing 737-800 de Ukraine International Airlines la Universidad Amir Kabir en Teherán, Irán.ABEDIN TAHERKENAREH

Irán lleva años sufriendo una fuga de cerebros. Chavales hastiados por la situación política o social, pero también por las duras condiciones económicas impuestas por las sanciones, hacen las maletas continuamente para recalar en países europeos, en Canadá o Estados Unidos. Un exilio del que se beneficia primeramente Occidente, en detrimento del país. Muchos de los protagonistas de esta migración volaban en el PS752 de Ukrainian International Airlines porque, al no haber vuelo directo a Canadá, necesitaban hacer enlace en Kiev en un vuelo de bajo coste.

Tal y como indican estadísticas recogidas por Kaveh Madani, él mismo un cerebro forzado a abandonar la administración en 2018, en aquel fatal avión viajaban tres profesores universitarios, seis médicos o estudiantes de medicina, tres dentistas o 28 doctorandos. Más de la mitad del pasaje tenía entre 21 y 40 años. Se cree que 71 de los 176 pasajeros eran iraníes con doble nacionalidad, algo que no reconocen las autoridades iraníes. De ahí la notable cantidad de reconocidos por Canadá como canadienses.

El choque entre llamas del Boeing 737-800 acabó con toda la familia formada por Raheleh y Mikael Lidberg, de 37 y 40 años, y sus hijos Erik, de nueve, y Emil, de siete. También con la de Mojan Deneshand, de 43, que murió junto con su esposo Pedram Musavi y sus dos retoñas, Daria, de 14 y Darina, de 10. Casi la mitad de los 17 pasajeros suecos que murieron por el derribo del avión con un misil antiaéreo ruso eran menores afganos no acompañados, descendientes de refugiados en Irán.

Uno de los familiares rotos por el dolor de la pérdida ha sido Hamed Esmaeilion, un dentista convertido en poeta de culto entre los iraníes afincados en Canadá. En una serie de publicaciones, estos días, ha expresado su dolor de forma conmovedora. Su esposa Parisa Eghbalian y la pequeña de ambos, Reera, de sólo nueve años, perdieron la vida en la catástrofe. "Solía llamar a la escuela para advertirles cuando Reera faltaba", explicó Hamed a la cadena CBS. "Hoy llamé para decir que faltaría para siempre".

"Era un ser maravilloso", rememoraba estos días el compungido padre ante los medios. En las últimas horas publicó un vídeo de su pequeña tocando el piano en un festival. "Tenía que forzarla a tocar el piano cada día. 'Reera, debes tocar 30 minutos hoy'", recuerda que le decía. "'No, papá, son 25 minutos', me respondía, asegurando que en Google había descubierto que el tiempo de práctica que le correspondía para su edad eran 25", añade. "Es muy duro recordar todo esto ahora".