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La metamorfosis de Boris Johnson frente al Covid

La metamorfosis de Boris Johnson frente al Covid

Estábamos ya en el arranque de la pandemia, los gobiernos europeos empezaban a tomar medidas drásticas y Boris Johnson presumía de haber estado en un hospital "con unos cuantos pacientes de coronavirus" y de "seguir dando la mano a todo el mundo". Lo más importante -decía con su habitual desparpajo- era lavarse las manos mientras se cantaba dos veces seguidas el Happy Birthday. Ese mismo día, 3 de marzo, el Comité Asesor Científico para Emergencias advirtió al Gobierno de que recomendara a l

os británicos "evitar saludos como dar la mano o dar un abrazo". Un portavoz de Downing Street intentó exculpar al premier diciendo que no le había dado tiempo a leer el consejo de los expertos.En otro doble alarde de despreocupación, después de haberse perdido las reuniones del Gabinete Cobra durante el mes de febrero, Johnson asistió con su novia Carrie Symonds al partido de rugby entre Inglaterra y Gales en el torneo de las Seis Naciones el 7 marzo. Días después consintió que 200.000 personas se codearan entre el 10 y el 13 de marzo en las pomposas carreras de Cheltenham. Sus asesores científicos barajaban entonces la teoría de la "inmunidad de grupo", pero el primer ministro no reaccionó hasta leer el informe del Imperial College que advertía de la posibilidad de decenas de miles de víctimas. El 23 de marzo llegó finalmente el confinamiento, y cuatro días después el propio Johnson anunciaba en un vídeo grabado con su teléfono que se encontraba aislado, con tos persistente, algo de fiebre y "síntomas leves" del virus.Fue su primera metamorfosis: del líder efusivo y optimista, bajo los efectos de una sobredosis de Brexit, al político pálido y cariacontecido que acabó en la UCI del hospital St. Thomas, que reconoció que tuvo un 50% de posibilidades de morir y que volvió al cabo de casi un mes a Downing Street, a tiempo para ver nacer a su hijo Wilfred y prepararse para los desvelos nocturnos.Johnson nunca volvió a ser el mismo. Las especulaciones sobre su salud física y mental le acompañan desde entonces. Sir Humphry Wakefield, cuñado de Dominic Cummings, le llegó a comparar con "un caballo cojo". Sus correligionarios tories no le reconocen y hasta la misma revista que él llegó a dirigir, The Spectator, se pregunta: "¿Dónde está Boris?".

Espíritu de Churchill

El premier ha querido consumar esta semana su mutación invocando el espíritu de Churchill y declarando la guerra al virus como si fuera la reencarnación de los nazis: "La lucha contra el Covid es la mayor crisis a la que el mundo se ha enfrentado. Y a pesar de eso, tengo la certeza de que la humanidad ganará esta lucha y que este país ganará". Hace apenas dos semanas, el mandatario vaticinaba la vuelta a la normalidad en Navidades y hacía un llamamiento a los británicos para que volvieran a las oficinas. El número de casos diarios se ha disparado desde entonces (se acerca ya a los 5.000) y las funestas proyecciones acechan de nuevo al país con más muertes por coronavirus de Europa (41.825).

Para que no le vuelvan a acusar de lento y complaciente, Boris Johnson ha querido ponerse esta vez a la vanguardia europea en la nueva ofensiva, marcando distancias con Francia o España. Las medidas anunciadas no van muy allá -vuelta al teletrabajo y "toque de queda" a las 10 de la noche en bares y restaurantes-, pero han sido suficientes para aspirar al título del líder europeo con más bemoles ante la segunda ola.

Mientras Macron llama a los franceses a «aprender a vivir» con el virus (aunque también ha reforzado las medidas), Johnson aprieta los dientes: "La mayor arma que podemos llevar a estar lucha es la resolución conjunta del país para trabajar juntos y suprimir el Covid". Y por si no fuera suficiente, amenaza con sacar el ejército en labores de apoyo a la policía y para poner firmes a su díscolos compatriotas: "Si la gente no respeta las reglas, nos reservamos el derecho a ir más lejos".