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Keir Starmer, un europeísta que vira al centro

Keir Starmer, un europeísta que vira al centro

Este abogado defensor de los derechos humanos quiere reconquistar los votos del «Muro Rojo» y a la vez defender al Ejército y a la nación

Keir Starmer habla sin aspavientos pero con contundencia, sin gritos, pero con fuerza, con claridad y sin rodeos. Incluso sus opositores reconocen su «saber estar», aunque a veces lo tachen de aburrido, y es evidente su equidistancia entre su antecesor, Jeremy Corbyn, y el líder conservador y primer ministro británico, Boris Johnson. En un intento de alejarse tanto de uno como de otro, tiene entre manos desde que asumió el pasado abril el mando del laborismo, una misión urgente: reconstruir el llamado «Muro Rojo», cuyos ladrillos son los distritos electorales fieles a la formación que cayeron en las pasadas elecciones, producto del tirón del «premier» y de los errores de Corbyn, cuya herencia Starmer necesita borrar para poder marcar su camino.

A sus 58 años recién cumplidos, este abogado especialista en derechos humanos tiene ante sí una misión que se antoja complicada: las causas del batacazo electoral que finalmente provocó la caída de Corbyn y por tanto lo elevaron a él al liderazgo del partido, podrían mantenerlo indefinidamente en la oposición. Aún tiene margen, porque las próximas elecciones son en el 2024, pero no puede dormirse en los laureles, sobre todo ahora que las encuestas empiezan a favorecerlo. Según las últimas cifras de intención de voto de YouGov, publicadas el 18 de septiembre, los laboristas han cerrado la brecha con los conservadores, con ambos partidos actualmente con el 40% de la intención de voto. El 20 de abril, recién elegido, la consulta daba 53% a los conservadores y 32% a los laboristas. Además, más de un tercio de los británicos, el 35%, cree que el líder laborista sería mejor primer ministro que Johnson, con un 30%. Entre su buen hacer en los últimos meses y las críticas a la gestión del «premier», el viento sopla a su favor.

Está casado desde 2007 con la también abogada Victoria Starmer, trabajadora del NHS (el sistema nacional de salud), con quien tiene un niño de once años y una niña de nueve, aunque intenta por todos los medios mantenerlos alejados de los focos. Tanto, que sus nombres no han trascendido públicamente, ni siquiera cuando uno de ellos enfermó y obligó a su familia a hacer cuarentena mientras esperaba el resultado del test de Covid-19, lo que impidió a Starmer participar en el Parlamento para discutir el polémico proyecto de ley del Mercado Interno.

Reservado, moderado, europeísta y con un currículum impecable en el que destaca su cargo como fiscal general y su lucha para erradicar la pena de muerte en el mundo, tiene el gran desafío de resolver las disputas internas, especialmente entre los aliados de Corbyn y sus detractores y responder a las denuncias de antisemitismo. Un asunto que le afecta de lleno, ya que su esposa es judía, fe en la que están siendo educados sus hijos, con quienes cena, pase lo que pase, todos los viernes. «Se trata simplemente de estar con la familia. De ser un poco más disciplinado, de estar en casa con nuestros hijos… que están creciendo rápido», declaró al medio Jewish Chronicle.

Liderazgo

Ocupa su escaño desde el año 2015, y un año antes fue condecorado con el título de caballero por «servicios a la ley y la justicia penal», pero no quiere ser llamado «Sir». Aunque dice estar «orgulloso de que seamos patriotas», dijo en clara ruptura con la historia reciente de su partido. El nuevo lema, hecho público esta semana durante el congreso anual del laborismo, que se celebró de forma virtual, es muy simple: «Un nuevo liderazgo», traducido ya por algunas voces como «starmerismo». Su objetivo: acercarse al corazón de la población y demostrarle que Starmer es más fuerte que Corbyn y más competente que Johnson. La estrategia parece funcionarle por ahora, pero el electorado empezará a exigir pronto una agenda política concreta.

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