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El día que los necios se conjuraron en el Capitolio

El día que los necios se conjuraron en el Capitolio

Una variada fauna, la crème de la crème de una turba alucinada, asaltó la sede del poder legislativo americano

La vista desde el cabo de la avenida Pensilvania era digna del final de los tiempos, de aquella película de ciencia ficción en que Michael York se fugaba de no sé qué prisión futurista y acababa en un Washington en ruinas. Al llegar al Capitolio, se lo encontraba derruido y habitado solo por gatos y un viejo harapiento que hablaba de un apocalipsis que ya pasó. Esa hecatombe bien podría haber llegado el miércoles al anochecer, cuando una turba escalaba los andamios ante la imponente cúpula de mármol, cubierta de un grueso humo, con pequeños incendios por todos lados. Los gritos se fundían con las sirenas de policía. La gente, desorientada, caminaba en plena calzada, algunos corriendo con el gesto malicioso de un niño que acaba de romper el jarrón con la pelota y ha escondido los añicos bajo la alfombra.

Dos banderas gigantescas colgaban de los balcones de la escalinata principal del edificio, pero no eran banderas americanas, eran banderas en las que se leía «TRUMP». Cuatro personas habían muerto ya en este asalto del miércoles, según diría después la policía. Justo en ese mismo punto, hace cuatro años, el mismo presidente Trump juró el cargo y prometió poner fin a la «masacre americana».

La fauna que había logrado doblegar a la policía, forzando la evacuación del vicepresidente, 100 senadores y 435 diputados, era realmente variada. Tipos vestidos de camuflaje como si estuvieran a punto de apresar a Bin Laden en Pakistán andaban junto a familias con niños, todos con la gorra roja que ha hecho famosa Trump.

Cristales rotos

De esos miles de manifestantes, solo un exclusivo grupo, libre ya de cualquier inhibición, se marcó el objetivo de penetrar en el Capitolio, y lo logró rompiendo ventanas, saltando por ellas y paseándose por los solemnes pasillos y las sobrias salas como si fuera aquello la llegada del maidán a la mansión del presidente ucraniano en 2014.

La élite de esta confederación de necios logró asaltar la cámara del Senado, gritando «viva Trump», algunos con arma a la cintura y uno con un manojo de esposas de plástico, como si se dispusiera a tomar rehenes. El primero en llegar, que se descolgó desde las gradas de la prensa, que están en un piso superior, se sentó inmediatamente en la silla del vicepresidente y posó para un selfie tras gritar «Trump ha ganado».

Puede decirse que dentro del Capitolio llegó la crème de la crème de un movimiento radicalizado por el populismo y firmemente convencido de la utilidad de los escraches, los rodeos al congreso y el asalto popular a las instituciones. Todos con sus banderas —americanas, confederadas, trumpistas— se infiltraron en las salas con sus chalecos antibalas, sus cascos, sus botas de combate. Forzaban puertas de despachos, abrían armarios, movían muebles, se llevaban documentos. Un tipo que entró en el despacho de la líder demócrata Nancy Pelosi se sentó en un escritorio y puso los pies sobre la mesa. Otro se paseó con un suéter antisemita en el que se leía «Campamento Auschwitz», además de otra parafernalia neonazi. Un tercero le puso una gorra y una bandera de Trump a una estatua del presidente Gerald Ford. Los murales de Colón se salvaron, aunque varios muebles fueron destrozados.

En suma, por extravagante y grotesco que este grupo fuera, el terror que infundió la horda en la sede del poder legislativo y la capital de la primera potencia mundial fue mayúsculo. Fue la demostración de que sin las necesarias medidas de seguridad hasta el pelotón más ridículo puede sembrar el caos. Lo malo para ellos es que ahora el FBI les busca, y fueron tan incautos como para retransmitir en redes sociales absolutamente todo con sus teléfonos. Si no rinden cuentas será por una incompetencia asombrosa, u otro motivo digno de una teoría de la conspiración.

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