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Amarrar la barca a la ría

Amarrar la barca a la ría

Pasamos junto a Valle-Inclán en la alameda. Vamos despacio. «No necesito bastón», dice, empuñándolo bajo el brazo. La memoria le tiembla más que el paso. Se enciende y se apaga chisporroteando. «No tengo reloj ni gafas», dice mirando a la estatua, con las gafas brillándole en la cara y el reloj amarrado a la muñeca. El recuerdo le ha zarpado a la deriva pero amarra de vez en cuando, siempre en el mismo puerto. Una ría que ahora estará tendida al crepúsculo, recogiendo el mar para dormirlo en otra parte y derramarlo mañana cuando haya que arrancarle las barcas a la tierra. «Allí me casé», dice. Y él también, como la ría, vuelve a anegar tierra seca. Vamos despacio. «Me he dejado las gafas. Y la cartera». Y yo que da igual, que el plan es que siempre pague otro. Se ríe y ciñe los ojos para mirar a lo lejos. «¿Pero lo ves o no? Allí enfrente me casé». Que sí lo veo, sí, que si ibas guapo, digo. «Hombre, iba bárbaro», se peina. «Pero no me digas que ya es de noche. Porque yo no tengo sueño». Y yo que no, que aún no podemos dormirnos. Porque nos vamos de boda.

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