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Yo sólo la descuarticé

Yo sólo la descuarticé

Vives en un tiempo y un lugar donde un individuo que se citó con una mujer a la que nadie ha vuelto a ver alega, con afán de exculparse, que la descuartizó y la arrojó a contenedores de basura de tres pueblos distintos. Que lo hizo después de que la mujer se le muriera, porque no sabía cómo salir del apuro. Lo más atroz del caso no es que lo alegue y pretenda que sirva para librarle de la cárcel, sino que lo hace porque le consta -no es desconocedor de las leyes penales y está bien asesorado- que si el cadáver no aparece tiene bastantes probabilidades de que un jurado lo absuelva de la muerte de la mujer por falta de pruebas. Sucede además que trocear y tirar a la basura a un ser humano tiene una sanción mínima, si no se le acredita nada más.

A estas alturas, no podemos saber si en efecto hizo lo que dice o si se buscó otra manera de hacer desaparecer el cuerpo y se ha inventado la historia de los contenedores y los tres pueblos para despistar y hacerles perder el tiempo a los guardias civiles que investigan el caso. Si fuera cierto, no sería ni mucho menos el primero que decide que el mejor destino que se le puede dar a los restos mortales de una mujer es destazarlos, embolsarlos y arrojarlos a un contenedor. De un tiempo a esta parte esa idea se les ha ocurrido a no pocos sujetos, que no han vacilado en ponerla en práctica con lo que quedaba de mujeres a las que acababan de conocer o con las que habían convivido durante años. La noción de que sin cuerpo del delito no hay delito -o para ser más exactos, es mucho más difícil que te condenen por él-, la probabilidad de que entre la masa de residuos urbanos y la inmensidad de un vertedero se pierda para siempre, invitan a quienes no quieren responder de un feminicidio a transitar una y otra vez ese camino tan macabro y tan poco caballeroso.

Aunque sólo fuera por salir al paso de una conducta que se ha convertido en ominosa tendencia, tendría que plantearse, en el supuesto de que algún año de estos vuelva a constituirse un parlamento con capacidad de legislar algo, la reforma urgente de un Código Penal que tal y como está ahora anima a los asesinos de mujeres a despreciar de esa forma su dignidad y a exponer de paso a sus familias a la tortura añadida de no saber a dónde fueron a parar y no poder siquiera despedirlas. No parece justo, ni aun racional, que profanar y hacer desaparecer un cadáver pueda servir para ahorrarle a quien lo hizo la necesidad de dar explicaciones sobre cómo se produjo la muerte. Y choca con las más elementales leyes de la condición humana, que desde los tiempos más primitivos se distingue por el respeto y las honras que reciben los muertos por parte de quienes los sobreviven.

No deja de ser llamativo, tampoco, que el descuartizador confeso se entregue y lo haga relativamente rápido. También en esta celeridad hay una estrategia evidente: reducirles al mínimo el tiempo de investigación a quienes tratan de reunir las pruebas para imputarlo, de manera que tengan que presentarlo al juez con la menor cantidad posible de elementos incriminatorios y tengan mucho más difícil buscarle a su historia, falsa o cierta, objeciones o contradicciones que pudieran desmontarla.

Contrasta esta finura para ponérselo cuesta arriba a los servidores de la ley, que hace falta mucha voluntad para creer casual, con el atolondramiento al que se quiere achacar el acto de deshacerse de los restos de un ser humano como si fueran los de una res. Por el momento, la paradoja hace mella en la juez que ha de resolver sobre la situación personal del detenido, al que no duda en despachar a prisión incondicional. Sin embargo, eso no pasa de ser una medida cautelar: importa la sentencia que en su día se dicte. El tiempo dirá si el duelo que acaba de entablarse lo ganarán quienes le imputan un homicidio o valdrá su siniestra y escalofriante excusa: «Yo sólo la descuarticé».