España

La Virgen del Sagrario en la catedral del olvido

La Virgen del Sagrario en la catedral del olvido

«De camino al mercado, mi madre me contaba que durante la Guerra Civil la Virgen estuvo escondida en un aljibe»

Mi madre, de paso que iba al mercado, se pasaba por la catedral a hacer una visita a la Virgen del Sagrario. Entraba por la Puerta llana y salía por la Puerta del Reloj, algo que era posible hacer antes de que las autoridades del templo catedralicio acotaran territorio y lo convirtieran en una feria y un negocio. Como toledana de toda la vida, mi madre era «esclava» de la cofradía de la Virgen con medalla de plata que consideraba un tesoro.

A veces me pedía que la acompañara al mercado y a la visita. Al ser ocho hermanos las bolsas de la compra, a veces dos y tres, eran pesadas, peso que se agravaba con las famosas cuestas toledanas. Qué alivio el día que mi padre se presentó con un carrito de la compra, que parecía un tanque, que había comprado en Andorra.

La visita a la Virgen era cosa rápida: una salve, un saludo de buenos días, pedirle un favor, como si la Virgen supiera de días y noches, de penas y alegrías, encerrada en una capilla con olor a cera y a incienso rancio. Mientras mi madre de rodillas rezaba yo contemplaba la capilla: el rostro negro de la Virgen, la espléndida corona, el elaborado manto, los pesados candelabros de plata, el recargado altar, las voluptuosas columnas…

Imagen de la Virgen del Sagrario - H. FRAILE

De camino al mercado, que estaba a la vuelta de la catedral, mi madre me contaba que durante la Guerra Civil la Virgen estuvo escondida en un aljibe y que el agua era milagrosa, que su rostro era negro del humo de los cirios, que debajo del manto era una talla de madera muy antigua (una de mis mayores desilusiones fue ver a la imagen desnuda), que la Virgen tenía una salamanquesa de lata en el hombro. Mi madre, que hubiera sido una gran actriz, me cantó por lo bajini, como si fuera una jota castellana, esta estrofa. Oí por primera vez, y me fascinó, la palabra salamanquesa que siempre he asociado con la Virgen y con piadosos, mágicos y refulgentes reptiles jugando en el hombro de la Virgen del Sagrario.

La Virgen del Sagrario

tiene en el hombro

una salamanquesa

de plata y oro.

Lo que más me llamaba la atención era una colgadura, como un pájaro herido, que pendía del techo a la entrada de la capilla. Le pregunté a mi madre y me contó que era el capelo cardenalicio, «una especie de corona que llevaban los cardenales hace mucho tiempo y que se suspendía del techo encima de la tumba del prelado». Siguiendo la dirección del capelo, de arriba abajo, mi mirada chocó con una lápida que era diferente a todas las demás, no tenía, como las otras, ni títulos ni honores, ni siquiera el nombre del muerto. No sabía que una catedral es también un cementerio. Leí la inscripción: «Hic iacet pulvis cinis et nihil» y con mi latín de segundo curso de bachillerato entendí lo que decía y sin saber nada de la vida ni de la muerte, ni de lo que era el Renacimiento o el Barroco, el carpe diem, o incluso la poesía, creció una flor en mi mente, sentí un arañazo en mi corazón y me supe suspendido, como el capelo cardenalicio, entre el cielo y el infierno para siempre.

Y aquí está la medalla llena de polvo del tiempo, de ceniza del recuerdo, de nada de la nada. Como otra tumba de un toledano enterrado en la catedral del olvido.

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