España

Iván, Pablo e Inés

Iván, Pablo e Inés

La imagen más simbólica del aniversario de la Constitución fue la de las risas que se echaron dos políticos que supuestamente se odian. Iván Espinosa de los Monteros cuchicheó algo al oído de Pablo Iglesias y éste le devolvió la confidencia con los ojos achinados y el gesto risueño. Tan simpática charla se prolongó durante unos segundos, menos de los que tardó en arder en las redes sociales el vídeo que la recogió. Iglesias se vio obligado a justificarse apelando a «la condición humana». Hubiera preferido que mencionara la concordia, lo que Epicuro llamó «amistad civil». Pero bien está.

En los últimos capítulos de Dignidad (Galaxia Gutenberg, 2019), Javier Gomá Lanzón trastea por el concepto que da nombre al título, el de amistad o el de concordia para desembocar en una defensa de la Transición, que es cuando España «tarde, pero bien» adquiere «la mayoría de edad como país moderno».

Dice el filósofo que la generación que vivió la muerte del dictador, «con el contraejemplo de la Guerra Civil en mente, desechó el principio maximalista fiat iustitia, pereat mundus, optó por esa nueva España imperfecta que nacía entonces y así antepuso la concordia a la justicia estricta. La renuncia al perfeccionismo político denota un tesoro de experiencia acumulada por el grupo, sabia aceptación del principio de realidad, imaginación para ponerse en el lugar del otro sin demonizarlo y una pragmática disposición al pacto».

La imperfecta pero empática escena de Espinosa e Iglesias sorprendió tanto porque suelen referirse el uno al otro como si estuvieran en guerra. El líder de Podemos declara la «alerta antifascista» cuando Vox obtiene buenos resultados y el portavoz de este partido califica a la formación morada de «socio marxista del PSOE», «organización chavista» o adalid de la «dictadura progre».

Ambos dirigentes no son tan distintos. En lo político se trata de dos líderes populistas que exploran los bordes de la Constitución, cada uno por su esquina. Si uno impugna el modelo de Estado por su condición monárquica y defiende el inexistente derecho de autodeterminación, el otro lo hace cuestionado el sistema autonómico y planteando límites a los derechos y libertades de algunos vecinos por razones de procedencia.

En lo personal, son dos padres de familia numerosa, unidos a parejas con pujante trayectoria política y residentes en ambientes exclusivos de Madrid o alrededores. Habría sido verosímil que estuvieran comentando un chascarrillo sobre el jardinero de no ser por la entrada en el plano, con similar semblante cómplice, de Inés Arrimadas.

Iván y Pablo polarizan la realidad y atraen a sus competidores hacia los extremos, e Inés ha cogido el timón de Ciudadanos con el propósito de ejercer su fuerza hacia el centro. Una fuerza relativa por la merma en la representación parlamentaria, pero activa y visible, lo que la distingue de Pablo Casado. El líder del PP se ha sentado en la orilla a esperar a que la marea devuelva los restos del naufragio del Gobierno que pretende formar Pedro Sánchez. Y la dirigente jerezana teme que no quede nada por recoger con el país transformado en un solar.

Albert Rivera pagó una factura demasiado cara por confinar a Ciudadanos en el inmovilismo y renunciar a su utilidad centralizadora. Inés no quiere ser bisagra, pero sí decisiva. Mientras se sabe si lo consigue o no, bienvenidas sean esas risas con Iván y Pablo.