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Ernest Lluch i Martín

Ernest Lluch i Martín

Recordábamos el sábado el 20º aniversario del asesinato de Lluch con esa forma de desmemoria que es la hagiografía. Sánchez abrió el baile como suele, disimulando en un tuit: «Hace 20 años el terrorismo asesinó a Ernest Lluch». El año pasado señaló al autor con más precisión: «Hace 19 años ETA asesinaba a Ernest Lluch». En estos 12 meses, nuestro gobernante más indigno ha negociado con EH Bildu, esa es la causa. El 21-N próximo anotará: «Hace 21 años, la violencia nos privó de Ernest Lluch», no perdamos la esperanza.

Casi todo el mundo ha incurrido. Es muy comprensible que lo hiciese su hija Eulàlia en declaraciones a este diario, aunque no deban tomarse sus palabras al pie de la letra. Por ejemplo, cuando dice que su padre recibió una carta amenazante de ETA: «Estás en el punto de mira, vamos a por ti». El detalle es altamente improbable. ETA nunca enviaba preavisos a sus víctimas, salvo a los extorsionados para que pagaran. «Objetivo prioritario eres, ¿eh tú?», le dijo en 1993 Carlos Almorza al empresario Isidro Usabiaga, que no podía pagar la suma exigida. Lo asesinaron tres años después. La banda tenía dos clases de víctimas: las que podían comprar su derecho a seguir vivas mediante el pago del impuesto revolucionario y las que eran asesinadas de oficio. Con estas no se mantenía correspondencia.

El editor del Shinbone Star en El hombre que mató a Liberty Valance, le decía a James Stewart al final de la película: «Esto es el Oeste, señor. Cuando los hechos se convierten en leyenda no es bueno imprimirlos». Nosotros, a veces, preferimos las leyendas a los hechos. No sin contradicciones. Gemma Nierga, aquel verso suelto de la manifestación del 23-N, cree que «lo mataron porque era un estorbo para ellos. Hablaba de diálogo, de tender puentes y eso no les interesaba». La delegada del Gobierno en Cataluña, Teresa Cunillera, tiene una opinión opuesta: «Su muerte no fue en vano porque los terroristas dejaron de matar siguiendo su consejo: '¡Gritad, gritad más fuerte, porque mientras gritáis no mataréis!'». Lo mataron 17 meses después. En aquel mismo mitin advirtió a los batasunos: «Arnaldo os va a reñir por esto. Estuve el otro día cenando con él y os va a reñir». Otegi decía el año pasado que harían falta más lluchs que defendieran el diálogo como vía para resolver los problemas. Es la tragedia de Otegi los suyos asesinan a quienes luego él echa de menos.

Lluch fue una víctima ejemplar, aunque intelectualmente estaba muy sobrevalorado. Solo Fernando Savater y Jon Juaristi escribieron necrológicas justas, sin incurrir en la hagiografía. Con ambos polemizó con acritud, tachándoles de nacionalistas españoles. A Savater lo acusó de atacarle con argumentos de Onésimo Redondo. Su última investigación sobre ETA era que su primera víctima fue la niña Begoña Urroz. En realidad, la bomba la puso el DRIL (Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación), los piratas del Santa María. Un periodista de investigación afirmó que ETA asesinó a Lluch por haber descubierto este presunto primer crimen.

Veinte años después del inicuo asesinato se siguen diciendo cosas extraordinarias que legitiman a Bildu como parte del Estado: mientras gritan no matan, es mejor que negocien a que maten. Hoy lo sostiene todo el sanchismo y es otro error fatal. ETA no mataba porque les empujara a ello una psicopatía irremediable, salvo en algunos casos contados. Mataban para alcanzar el poder. Dejaron de hacerlo tras su derrota policial y en la medida que se acercaban a sus objetivos políticos.