España

En buena compañía

En buena compañía

«Que estén muertos es un problema menor comparado con el poder del lenguaje»

Ni siquiera hace falta leerlos. Basta con mirarlos para sentir el cobijo de la buena compañía. Es pensar en ellos y sentirme bien inmediatamente. Son viejos amigos que nunca fallan, a los que conozco bien y con los que hablo a diario. Que estén muertos no tiene ninguna importancia, es un problema menor comparado con el poder del lenguaje, lo más divino que tiene el hombre, y que, como todo lo divino, es tan sencillo, tan fácil y consustancial a nuestra propia naturaleza que no nos damos cuenta de su valor.

Ahora mismo, si quiero, puedo volver a retomar las aventuras de los mosqueteros, veinte años después. Y embarcarme con John Silver en busca del tesoro. Y echarme a los caminos a desfacer entuertos. Y nacer sin nada y tenerlo todo, como Gabriel Araceli. Y visitar el 221B de Baker Street para que Sherlock Holmes deje de aburrirse por falta de misterios. Y ser miembro del Club Pickwick. Y huir con Lena bajo la mirada del volcán. Y acompañar al padre Brown en uno de sus siempre inteligentes y divertidos casos. Y llenarme de gozos y de sombras. Y viajar al fin de la noche. Y hallar la paz en la guerra y la guerra en la paz. Y tratar de encontrar el halcón maltés. Y tomarme una copa con Marlowe. Y brindar con el gran Gatsby. Y recorrer París con Maigret. Y perseguir la gran ballena blanca en el Pequod, con el capitán Ahab dándome órdenes. Y contestar a Bartleby que yo también preferiría no hacerlo. Y acostarme con Justine en Alejandría. Y coger la mano de Madame de Renal por debajo de la mesa, pensando que si me la rechaza siempre queda la opción de encerrarme en mi cuarto y pegarme un tiro.

Consuela saber que están ahí, y que siempre estarán. Todo el tiempo perdido podrá recuperarse gracias a Proust, tiempo que se empeñó en buscar encerrado en una habitación de paredes acolchadas, medio tendido en la cama, con el manuscrito apoyado sobre las rodillas, para alumbrar desde allí, desde su postura de parturienta, lenta y dolorosamente, su vida entera.

De igual modo, siempre que lo deseemos será posible coger un tren en pleno verano hacia la montaña mágica, sin saber que jamás volveremos a casa, para visitar a nuestro amigo enfermo en un sanatorio durante tres semanas, tres semanas que se convertirán en años. O podemos buscar el castillo y vernos envueltos en procesos donde todos los personajes parecen sospechosos, culpables de algo, víctimas y verdugos al mismo tiempo, ajenos y cómplices de una trama absurda.

Kafka decía que el aislamiento es una forma de conocernos a nosotros mismos. En una carta a su prometida Felice, le contaba que la mejor forma de vida para él consistiría en encerrarse en lo más hondo de una cueva con una lámpara y todo lo necesario para escribir. «Me traerían la comida y me la dejarían siempre lejos de donde yo estuviera instalado, detrás de la puerta más exterior de la cueva. Ir a buscarla, en camisón, a través de todas las bóvedas, sería mi único paseo. Acto seguido regresaría a mi mesa, comería lenta y concienzudamente, y enseguida me pondría de nuevo a escribir». El día 2 de agosto de 1914 escribió en sus Diarios: «Alemania ha declarado la guerra a Rusia. -Tarde, escuela de natación». Él al menos podía irse a nadar.