España

Dos guerreras y un porvenir

Dos guerreras y un porvenir

Empieza la batalla por dilucidar quién tenía razón. Sin embargo, el afán de las candidatas debiera ser proyectar su razón sobre el futuro. Por ahí chirría su enfrentamiento. Cospedal dice reivindicar el partido y el orgullo organizacional; Sáenz de Santamaría, la gestión de Gobierno, la racionalidad del gasto y la eficiencia. Margallo maniobra contra la ex vicepresidenta con su reforma constitucional debajo del brazo; Casado, infatigable mochilero de agrupación en agrupación, representa el relevo generacional; y el animoso García Hernández escruta el árbol genealógico del reformismo -que nace en Burke- y aspira a desempolvar la identidad programática del PP.

Cospedal quiere que el partido recupere terreno; Sáenz de Santamaría se conforma con que se lo presten. Este es su hándicap ante a las bases. Cospedal es aparato; Sáenz de Santamaría es el Gobierno y su atonía. La pugna no es menor y trasciende personalismos y rabietas. Consiste en aclarar qué falló, qué se ambiciona -adaptación o resistencia- y qué se espera -que el PSOE pierda o que el PP gane-. Ajeno a la trifulca, Casado aguarda cauto el momento de destapar su frasco de optimismo. El elixir de su lozanía aún tiene que neutralizar un último escollo. Asumir con el sobreprecio que la izquierda le endosa a la derecha su venial pecado de bisoñez. La ley no fija los límites de la ejemplaridad. Si bien, el futuro es esto: la izquierda tampoco ha de hacerlo. El número de avales es un indicador de que puede ser un candidato de doble función: de estímulo y refugio. Parece demasiado joven para ganar pero es suficientemente joven para perder.

Cospedal y Casado sospechan de Santamaría lo que Thatcher pensaba del languideciente partido conservador que heredó: que está demasiado dispuesta a aceptar que los adversarios son los intérpretes auténticos de los deseos de los ciudadanos. Cospedal aparenta ser más arisca que su contrincante directa y goza de menos apoyos mediáticos y simpatías. Por otro lado, compite en predicamento interno con Casado. Si ella tiene la ventaja de su posición, él tiene otra no menor: las bases y militantes que aspiran a incorporarse al reparto de incentivos apuestan por perfiles alternativos que ofrecen nuevas oportunidades.

El mutis de Feijóo precipitó el revuelo. No quiere líos. Prefiere ejercer de primer barón, de senador del partido. Su compromiso es con Galicia hasta 2020. Que no concurra beneficia al PP. A corto plazo cunde el vértigo y la desorientación porque el partido no está acostumbrado a la euforia participativa y tiene interiorizado la cooptación y un firme sentido de la disciplina. Sin embargo, su candidatura hubiera bloqueado la saludable catarsis. El enfrentamiento entre Cospedal y Santamaría es necesario para depurar y eliminar las toxinas que quedan en un partido desgastado por la corrupción y achicado por el qué dirán. Tan solos se han sentido sus simpatizantes estos años que en público aseguraban decantarse por Cs. Las primarias y el Congreso mineralizan y revitalizan el partido. Y si Casado pasa a la segunda vuelta lucirá de Obama y los compromisarios no lo frenarán.