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Diario de una periodista confinada: Mejor mirar la primavera

Diario de una periodista confinada: Mejor mirar la primavera

Tengo la sensación de que la «guardia» es continua desde que la pandemia se empeñó en parar nuestras vidas

Por la ventana veo con mucha frecuencia a un gato que se ha hecho fuerte en mis dominios y que como siga así se mete en casa. Ya duerme a la puerta. Debe pensar que ha ganado la batalla y que no nos atrevemos a salir de la trinchera. Bueno, hay quien sí se atreve (unos metros y respetando escrupulosamente el aislamiento) e, incluso, le está malacostumbrando y le deja comida. Me gustaría advertirle, al gato, de que la última vez que un felino merodeó por casa, no le volvimos a ver después de que se comiese las torrijas que trajeron unos primos de Burgos. Aquel año sí se celebró la Semana Santa. La verdad es que ese peligro de momento esta neutralizado porque aquí no llega nadie. Una lástima, que no llegue nadie, digo.

Hoy sábado hemos madrugado un poco menos. El telecolegio descansa y el teletrabajo está un poco remolón. Segundo fin de semana completo de cuarentena y toca guardia en ABC, aunque tengo la sensación de que la guardia es continua desde que la pandemia se empeñó en parar nuestras vidas. Este mediodía hasta hay convocada rueda de prensa (no presencial, por supuesto) con la consejera de Sanidad, Verónica Casado. Cuando la veo cada día, no puedo evitar preguntarme cómo aguanta y (vamos a frivolizar un poco que hace falta relajar) cómo consigue cada día salir en la pantalla tan perfecta y sin repetir modelo. Mi compañero y amigo Ignacio Miranda dice que Casado ha reconciliado al Gobierno autonómico con las peluquerías. Brillante reflexión, como todas las suyas.

Del contenido de sus declaraciones y de las que haga Germán Barrios, el consejero de Empleo que también interviene, me hago una idea, así que prefiero seguir mirando por la ventana y disfrutar de la primavera que parece que se asoma. Ya florece los cerezos. Dicen los señores del tiempo que la próxima semana hasta puede nevar. Es como si los elementos de la naturaleza se hubieran confabulado para retrasar la explosión primaveral hasta que podamos abandonar la bata, las pantuflas y el chándal y cumplir adecuadamente con el eslogan del Corte Inglés. Esto me recuerda que sigo sin llevar a rajatabla las recomendaciones de Salud Laboral sobre cómo trabajar en casa. Hoy, me he sentado delante del ordenador con una toalla en la cabeza. No es nada raro. Después de la ducha es lo habitual y, dado que es sábado, se puede ser un poco menos estricto y abandonar la americana y los tacones por un día, que estoy empezando a fastidiar el parqué.

Como digo, ya casi vamos por las dos semanas de confinamiento y, francamente, creo que nos estamos acostumbrando a las nuevas rutinas, a pesar de que sigamos acumulando y guardando muchos besos y abrazos que, en el mejor de los casos, son virtuales. Estos días, me viene mucho a la mente la obra de García Márquez que más me gusta: «El amor en los tiempos del cólera». Y, como no es cuestión de hacer spoiler, mejor lean que, otra cosa no, pero tiempo tenemos.