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Diario de la pandemia: La vida en el confinamiento, rostro a rostro

Diario de la pandemia: La vida en el confinamiento, rostro a rostro

El fotógrafo Miguel Muñiz y la escritora María López presentan su visión del encierro

Es difícil encontrar la parte positiva, el aprendizaje, de esta pandemia. Pero, como en casi todo, entre la oscuridad del confinamiento también hubo quien fue capaz de ver destellos de luz que ahora cobran vida en forma de libro. La experiencia del encierro les sirvió a la escritora María López y al fotógrafo de ABC Miguel Muñiz para volcar sus vivencias en un trabajo a medio camino entre lo gráfico y lo poético. Bajo el título «Illados. Diario da pandemia» (editorial Galaxia), los dos autores reflexionan casi al unísono y cada uno desde su disciplina acerca de cómo lo impensable se coló en nuestro día a día para transformarlo por completo. «María puso emociones a mis imágenes», resume Muñiz durante una conversación con ABC.

El trabajo se divide en varios apartados que hacen referencia a los sentimientos que esas semanas afloraron en la ciudadanía, y en los artífices del proyecto. El primero de ellos es el vacío, los espacios sin gente, las calles despobladas, el silencio. «Una de las imágenes muestra a una persona dormida en su saco en el suelo de la estación de autobuses. Está completamente sola, al igual que la que en la madrugada del primer día de desescalada salió a correr», explica Muñiz. Casi de la mano de esa soledad llegó el miedo, que se refleja en el rostro de los ancianos mientras eran trasladados de residencia o en el desabastecimiento de los primeros días, respuesta al temor a lo desconocido que se avecinaba. La lucha, la tercera de las emociones que la pandemia despertó en los autores, la representan los balcones a las ocho de la tarde, la unidad entre vecinos que no se conocían y los sanitarios accediendo a su puesto de trabajo. Un cartel elaborado por los empleados de una residencia de ancianos con la palabra «Resistiré» lo resume todo.

Este despliegue fotográfico está trufado, además, con dos historias personales sobre los días más sombríos. La primera es la de un camionero que no fue confinado porque su trabajo consistía en seguir aprovisionando a la población cuando todo estaba cerrado. «Hubo días en los que no tenía ni dónde comer», resume Muñiz. La segunda historia es la del circo que se quedó varado en Lalín, el pueblo que acabó alimentado a sus empleados, que agradecieron el apoyo ofreciéndoles a los vecinos su primera función.

Los afectos llegaron con la desescalada, que permitió que las casas de los abuelos volviesen a abrirse y que los niños pisasen la calle de nuevo. «Hay una fotografía de una señora poniéndole empanada y leche a una persona sin techo mientras dormía». Y el reencuentro, que trata de la vuelta al colegio de los pequeños, del regreso a la normalidad, aunque no sea la misma. Y, por fin, la vida. «La vuelta a la vida empieza con una foto de unos chicos bailando con las mascarillas, con el regreso de los peregrinos al Camino, los turistas en la playa de As Catedrais, las peluquerías, el mercado...». La despedida a tres meses resumidos ahora en decenas de rostros anónimos.

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