Economía

¡Larga vida y riqueza a los grandes chefs!

¡Larga vida y riqueza a los grandes chefs!

El capitalismo ganó la Guerra Fría, pero perdió la historia de la literatura. Su nombre ha quedado indisolublemente ligado a los huerfanitos explotados de Oliver Twist, los mineros miserables de Germinal, los implacables amos del universo de La hoguera de las vanidades. Para mucha gente, emprender es una modalidad de salteo en poblado que consiste en succionar la plusvalía al obrero sin dejar que desfallezca (algo que, peor que injusto, sería antieconómico).

Esta explicación del origen de la riqueza de las naciones es fácil, clara, plausible y equivocada. Si la falta de escrúpulos bastara para sacar adelante una compañía, cualquiera podría hacerlo y la estadística revela que muy pocos lo consiguen. Tampoco se trata de dejarse guiar por un corazón compasivo, porque en ese caso los directivos se formarían en las facultades de teología y no en las escuelas de negocios. "Adam Smith nunca se engañó sobre los móviles de las personas", explicaba hace un tiempo en AE el politólogo Jay Richards. Por supuesto que perseguimos nuestro propio interés. Cada paso que damos lo hacemos pensando en nosotros primero. Kant creía que un acto carecía de valor moral si no lo inspiraba el puro desinterés, pero prueben a levantar un sistema productivo sobre la recta intención. El comunismo lo ha intentado. Parte del supuesto de que los hombres somos justos y benéficos, y por eso funciona tan mal. El capitalismo, en cambio, asume nuestra condición pecadora y la canaliza a través del mercado. "A pesar de su egoísmo y su rapacidad", afirma Smith "[los comerciantes] son orientados por una mano invisible y, sin proponérselo ni saberlo, trabajan por el bien de la sociedad".

"Adviertan", observa Richards, "que Smith escribe a pesar de su egoísmo". No dice que el carnicero deba ser egoísta. Al contrario. Ha de sobreponerse a "su rapacidad" si pretende que le compren a él la carne. Para saciar su codicia, tiene que complacer previamente las deseos ajenos. Es impuro, pero es desinterés y sin él es imposible el éxito en una economía libre. Antes de vender nada, hay que concebir un bien o un servicio que los demás quieran, anticipar sus necesidades y apetencias. Marx sostenía que uno prosperaba a base de arruinar la vida de los demás, de quitarles algo que tenían, pero es al revés. El secreto de Amancio Ortega o de los grandes chefs radica en que nos brindan algo que nos gusta. Ganan dinero porque nos proporcionan algo que no teníamos, porque enriquecen nuestras vidas.

El rabino Daniel Lapin llega incluso a plantearse quién ha contribuido más al bienestar mundial: ¿Bill Gates o la madre Teresa? Y razona así: "Quienes han adquirido un artículo de Microsoft lo han hecho porque de algún modo facilitaba su ocio o su negocio [...] Si no, no habrían realizado la compra. [...] Gates mejoró la existencia de millones de individuos antes incluso de que empezara a repartir grandes sumas a través de su fundación". Lapin argumenta a continuación que esos millones de individuos son presumiblemente más que los que han hallado alivio en los morideros de las Misioneras de la Caridad y concluye que "Gates ha hecho más bien".

Este crudo cálculo utilitarista es matizable. Hay ámbitos en los importa más la intención que el resultado. Ningún padre le suelta a su hijo de seis años: menuda porquería de dibujo que me has hecho por mi cumpleaños. Pero en el terreno profesional sucede al revés y pesa más el resultado que la intención: como dice House, ¿prefiere un médico que lo tome de la mano mientras se muere o uno que sea desagradable y lo cure? Por eso, quienes condenan al empresario porque sus acciones no son kantianamente puras están siendo, peor que antieconómicos, injustos. Los santos merecen todo nuestro respeto, pero también quienes despliegan su talento a cambio de una legítima plusvalía.

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