Deportes

Nadal desespera a Tsitsipas para alcanzar las semifinales de Londres

Nadal desespera a Tsitsipas para alcanzar las semifinales de Londres

Un año después de lograr frente a él en el mismo escenario una victoria que se reveló inútil, Rafael Nadal volvió a vencer a Stefanos Tsitsipas en dos horas y tres minutos, y se clasificó para sus sextas semifinales de las ATP Finals, que disputará mañana ante el ruso Daniil Medvedev. El número dos del mundo cuajó de nuevo una magnífica actuación, en la línea que mantiene a lo largo del torneo. Con sólo 30 partidos en sus piernas antes de Londres como consecuencia de la pandemia que ha segado buena parte del calendario, llegó mejor que nunca a la única competición importante que aún se le resiste. Rápido, agresivo, firme con el servicio, fino en la cinta y con la tradicional resistencia a todo desde el fondo de la cancha, asoma tan favorito como el que más para llevarse el título. [Narración y estadísticas (6-4, 4-6, 6-2)]

Si el partido contra Dominic Thiem fue colosal a ambos lados de la red, no desmereció el de anoche, un ejercicio conjunto de precisión y ardor competitivo. Fue el español quien primero sugirió una brecha en el combate, al crear dos bolas de rotura en el séptimo juego. Las solventó el defensor del título, fiel a un guión definido, que pasaba por desplegar todos sus recursos en el límite de la temeridad. Jugador alegre, con el carácter versátil que atestiguan sus buenos resultados en distintas superficies, lo tiene casi todo para triunfar.

Goza incluso del carisma que puede faltarles a otros compañeros de la generación que viene. Tiene el aura de un héroe romántico, Lord Byron en el siglo XXI armado con una raqueta. Sólo le falta estabilidad. La nueva tentativa de Nadal, con 4-4, terminó con una doble falta que le costó al griego el servicio y el set. Al igual que Thiem, a quien Nadal exigió el mejor partido de su vida, Tsitsipas necesitaba una excelsa versión de sí. En cuanto perdía un mínimo de efectividad con el saque o agudeza en los ángulos abiertos por su revés cruzado, recibía el castigo del zurdo, severo, implacable. Nadal cerró el parcial con un saque directo, colofón nada casual de cómo se las gasta últimamente con ese golpe.

Sin bajar la guardia

En esta extraña temporada para todos, sigue edificando su leyenda. Ganó su decimotercer título en Roland Garros e igualó los 20 títulos del Grand Slam de Roger Federer. En París-Bercy, donde fue semifinalista, entró en el selecto club de los jugadores que han alcanzado las 1.000 victorias en el circuito, al imponerse a Feliciano López en su debut. Antes de la pandemia, se fue con la copa de Acapulco.

Tsitsipas trataba de no perderle la cara al partido. Sobrevivió a una pelota de break en el primer juego del segundo set y fue solventando como pudo las continuas amenazas de su adversario, que no bajó la guardia en instante alguno. Mientras el heleno cerraba el puño en señal de celebración cada vez que sacaba un juego adelante, Nadal tramitaba sus turnos de servicio con absoluta pulcritud. Así hasta el décimo juego, donde pagó decisiones precipitadas. Se fue a la red con excesivo afán y perdió el saque y el parcial con una doble falta.

Metabolizar la fatiga

Inmune a la desgracia, recobró pronto el mando, quebrando en el comienzo del tercer set. No se asustó Tsitsipas, renuente a entregar la cuchara, quebrando de nuevo a continuación. Pero en el vaivén del tercer set, se sujetó mejor el español, capaz de metabolizar la fatiga. Tsitsipas va y viene en los partidos. Puede desplomarse de forma inesperada como renacer cuando ya nadie cuenta con él. Un ejemplo de esa actitud a veces pusilánime lo tenemos reciente, en el partido del pasado martes frente a Andrey Rublev. Después de hacerse con el primer set en 17 minutos, se enredó hasta enfrentar una pelota de partido en el desempate del tercero, pifiada por el ruso con una doble falta. Venció, pero bien pudo ahorrarse los sofocos.

Esta vez estuvo más constante y metido en la confrontación, pero Nadal consiente muy poco. Thiem respondió a todos los envites. No lo hizo el griego, desinflado en el último fragor de la pelea, víctima del tenaz azote de su adversario.