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La noche en que volaron cervezas y perritos calientes en el Allianz y el Atlético cambió la lógica

La noche en que volaron cervezas y perritos calientes en el Allianz y el Atlético cambió la lógica

En Múnich, hay mucha gente que no ha olvidado lo que sucedió aquella noche de mayo de 2016. De vez en cuando, algunos de esos miles de aficionados bávaros que llenaron el Allianz Arena, tratan de encontrar una explicación racional. De vez en cuando, también, en el Atlético se estremecen al recordar los fogonazos de un asedio de semejante calibre. Ni siquiera hace unos meses (marzo), cuando el Liverpool trató sin éxito de abalanzarse sobre ellos en Anfield. En la historia rojiblanca, en la historia de Simeone, aquella célebre noche ha quedado para siempre como uno de los capítulos más icónicos de su historia reciente. El pasaporte para su tercera final de Copa de Europa fue sellado con gotas de sufrimiento extremo, ante la desolación de Pep Guardiola, cuyo equipo se precipitó una y otra vez contra aquel formidable muro rojiblanco, antes de acabar perdiendo la vida a manos de Antoine Griezmann.

Aquel 3 de mayo, nada sugería que el Atlético acabaría cayendo con los dos pies en la final de San Siro. "No he visto jamás en mi vida una cosa igual en un campo de fútbol", admiten quienes experimentaron aquel fenómeno paranormal en la guarida del Bayern. El asunto lo resumen, sin margen de error, los números del conjunto alemán. A saber: 12 disparos entre los tres palos y otros 13 que no encontraron puerta. A saber: 12 saques de esquina y un 68% de posesión. A saber: 668 pases y 591 completados. Hasta 14 veces llegó a chutar Lewandowski, autor de uno de los dos goles de su equipo, sobre el marco de Oblak. Cifras propias de una goleada que, sin embargo, no fueron tal. Al contrario, de esa fosa de incontestables dígitos salió el conjunto de Simeone, igual que el Mono Burgos de aquella alcantarilla de Segunda División.

Juan Vizcaíno, miembro de aquel cuerpo técnico, vivió al límite en el banquillo de una cálida noche en la capital bávara. "Fue una primera parte de un ritmo trepidante. Después de ver que tienes delante a un rival tan superior y un resultado muy corto, entras al vestuario con la sensación de que te puede caer una buena", recuerda para EL MUNDO el ex jugador rojiblanco. "Pero al final esto se decide por goles, no basta con ser el mejor. Griezmann no perdonó, defensivamente hicimos un trabajo excepcional y, también, la suerte nos acompañó", prosigue. Por supuesto, tras el pitido final del turco Cüneyt Cakir, que levantó las iras del conjunto local con sus decisiones (pitó un penalti a Torres, que el propio delantero fallo, por una caída fuera del área), se desató la euforia en una incrédula expedición rojiblanca. La fiesta de la espuma en el vestuario.

Protagonistas que repiten

Diego Pablo Simeone celebra el pase a la final de 2016.
Diego Pablo Simeone celebra el pase a la final de 2016.

Cuentan los que asistieron al duelo que en esa arrolladora primera parte, sobre todo en el cuarto de hora previo al descanso, vieron cómo las cervezas y los perritos calientes, permitidos en Alemania, volaban por la grada fruto de la desesperación local. Como ocurrió cuando Oblak adivinó las intenciones de Müller desde el punto de penalti, sólo unos minutos después de gol de Xabi Alonso. Los guantes del portero esloveno echaban humo, claro. "La asfixia en aquel cuarto de hora nunca se podrá olvidar", insisten algunos testigos. Por supuesto, por motivos bien distintos, la gente del Atlético tampoco daba crédito.

Aún sobreviven un buen número de protagonistas de ese célebre duelo. Por el Bayern: Neuer, Alaba, Boateng, Müller, Douglas Costa, Lewandowski, Kimmich, Coman, Javi Martínez y Lucas, que permaneció los 90 minutos en el banquillo rojiblanco. Por el Atlético: Oblak, Koke, Savic, Carrasco y Correa, que tampoco saltó al césped. Y en Madrid se han quedado Giménez y Saúl, que fueron titulares.

Por cierto, de haber existido el VAR, el gol de Griezmann, que arrancó el contragolpe en línea, habría sido tan válido como lo fue aquella noche en la que el Atlético de Simeone cambió las leyes de la lógica. Fue el sueño real de una noche de primavera. Hoy, sin público ni una final en el horizonte, la historia parece bien distinta.


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