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La historia de un Mundial inesperado que multiplica la esperanza de Marc Márquez

La historia de un Mundial inesperado que multiplica la esperanza de Marc Márquez

Brad Binder (Potchefstroom, 1995) nació con un destino: tenía que ser piloto de MotoGP. El sueño frustrado de su padre Trevor era correr el Mundial y, cuando triunfó como empresario de la minería en Sudáfrica, decidió invertir todo lo necesario para cumplirlo a través de su primogénito. Al final fueron, según sus palabras, «cantidades indecentes de dinero». A los cinco años, Brad ya tenía el garaje lleno y a los 11 ya vivía con su madre en España, donde sólo entrenaba y competía. Con su padre de sponsor llegó al campeonato, cautivó a KTM, fue campeón de Moto3 en 2016, segundo de Moto2 el año pasado y ahora debuta en MotoGP.

Franco Morbidelli (Roma, 1994) vivió una historia parecida, aunque más trágica. Su padre Livio, que fue campeón de Italia de 125cc, también deseaba que fuese piloto y también hizo lo posible para lograrlo: llegó a vender su casa en Roma y trasladarse a Tavullia con ese objetivo. El problema es que no tenía tanto dinero. Y cuando Franco quiso acudir al Campeonato de España de Velocidad (CEV), el progenitor no pudo financiarlo. En ese tiempo, Livio se suicidó. Y Valentino Rossi apareció como segundo padre de Franco, abrió con él su VR46 Riders Academy y lo llevó al Mundial de Moto2, categoría que ganó en 2017.

Johann Zarco (Cannes, 1990) supone, con ellos como ejemplo, una rareza. Sus padres no eran amantes del motor así que, cuando tenía 17 años, cogió sus cosas, su scooter y se marchó de Cannes a Avignon para ponerse en manos de Laurent Fellon, un ex paracaidista que se convertiría en su entrenador y su manager. Pasó por varias fórmulas, compitió en Hungría gracias a Gabor Talmacsi y, al final, con Fellon hipotecando su propia casa para financiarle, apareció en el Mundial, donde se llevaría el título de Moto2 en 2015 y 2016. El año pasado tenía contrato con KTM en MotoGP y decidió romperlo sin más, incómodo con la moto.

Los tres, tan repentinos, tan inesperados, fueron los ocupantes del podio ayer en Brno, primero, segundo y tercero, en una carrera que demostró que el actual Mundial de MotoGP no tiene dueño y que, si regresa sano, Marc Márquez puede recuperarlo a su antojo. Morbidelli se escapó, Binder le atrapó para marcharse y, por detrás, Zarco se quedó solo con la única amenaza de Álex Rins, recién operado del hombro. La carrera no ofreció más protagonistas, no ofreció más espectáculo -si acaso una sanción injusta que Zarco tuvo que cumplir por un toque con Pol Espargaró- mientras los supuestos aspirantes al título palidecían.

El vacío que dejó Márquez con sus errores en Jerez debía ser ocupado, se suponía, por tres pilotos: el joven Fabio Quartararo, el eterno candidato Maverick Viñales y el tres veces subcampeón Andrea Dovizioso. Pero ninguno de los tres parece en disposición de dominar el campeonato como hacía el líder de Honda. En Brno los tres se quejaron de sus neumáticos y del mal estado del asfalto y, al mismo tiempo, los tres perdieron una oportunidad para ampliar su renta en la clasificación general. Quartararo persiguió a Binder y Morbidelli, pero pronto se rindió y acabó séptimo; Dovizioso volvió a discutir con su Ducati y terminó undécimo; y Viñales vivió un desastre del que sólo salió con un decimocuarto puesto.

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