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Joao Félix evita un buen lío ante el Salzburgo

Joao Félix evita un buen lío ante el Salzburgo

Poco antes de que echara a andar la Champions en el Metropolitano, los chicos del Salzburgo contemplaban el estadio vacío como si no hubieran roto un plato en su vida. En realidad, en Europa nunca lo han hecho. Son un grupo de jóvenes sin miedo a nada, pero que tampoco transita por el continente dispuesto a vender su alma a cualquier precio. Debe ser el espíritu Red Bull, que a ellos, como a su hermano mayor, el Leipzig, reciente guillotina del Atlético, les da alas. Y vaya que si se las dio anoche. Los rojiblancos llegaron a temer por su destino en varias ocasiones. Entonces apareció Joao Félix, destinado a cosas como éstas, y la noche pudo despejarse.

No hubo jugador del Atlético que tuviera un par de segundos para pensar. Al menor descuido, la guadaña de algún futbolista austriaco andaba presta a guardarse el balón en el bolsillo para lanzar la tormenta. Un poco así se explica el gol de Szoboszlai. A Herrera, que suele necesitar su tiempo para ver la jugada, le leyeron las intenciones en las salida del balón y el asunto acabó con el gol visitante. El quinto en dos partidos. Aún llegaría otro más. Oblak poco pudo hacer ante semejante cañonazo a quemarropa.

Valga esto para subrayar que para ganar al Salzburgo, a pesar de su discreto pedigrí, no basta con unas pinceladas de calidad. Hay que ponerle unos cuantos brochazos de energía. Y de eso, de energía, anda sobrado Marcos Llorente. Él es ahora mismo el medio de transporte más rápido y fiable para su equipo.

Una chilena casi perfecta

Si ante el Betis, en LaLiga, se inventó un latigazo redentor, en el estreno del Metropolitano en la Champions dejó asomar de nuevo su zurda. Como aquella mágica noche en Anfield. Un zapatazo suyo pareció partir en dos a los austriacos. Y tal vez habría sido así de haber atinado Llorente, minutos después, cara a cara con un portero, Stankovic, que ya daba por perdida la batalla. Le faltó un palmo.

Porque el Atlético le puso ganas, y muchas, en la primera parte. Se agarró un par de veces a ese instinto letal propiedad exclusiva de Luis Suárez, pero le faltó precisión. Y recurrió una y otra vez a Joao Félix, que dibujó una chilena que rozó la perfección, pero acabó besando el larguero.

Fue el luso el que iluminó la noche cuando una lluvia de flechas había acribillado a los rojiblancos, sorprendidos nada más amanecer el segundo acto por una de esas contras relámpago sobre las que tanto había insistido Simeone en la preparación del partido. Joao devolvió el aliento cuando apenas había un rincón en el que respirar. La amenaza austriaca, que a la media hora había perdido a su goleador Daka por lesión, nunca cesó. «Ellos no se cansan nunca», había advertido Jonatan Soriano, leyenda del Salzburgo. Es evidente que no le faltaba razón.

Noche de mantita

A Oblak le tocó hacer algún milagro que otro por el camino para interrumpir el entusiasmo de esos chicos de negro dispuestos a asaltar el Metropolitano. Tenían bastante claro que si ponían su veloz juego a todo volumen, podrían rendir a un Atlético que se vio acorralado un puñado de veces. Seguramente más de las que le hubiera gustado.

Pero el fútbol, como bien saben los de Simeone, se mueve por puntería y ahí, esta vez sí, se alzó el conjunto español, que temió por su integridad en un grupo donde el Bayern está destinado a mandar. El foco de Joao Félix, oportunista en un saque de esquina, desniveló una noche de mantita. Las trampas asoman en el sitio menos esperado y el Atlético, aunque fuera con apuros, consiguió esquivarla. Y eso ya es mucho.


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