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El Sevilla y el empate más triste del siglo

El Sevilla y el empate más triste del siglo

A veces, en el fútbol, no sucede nada. Es algo improbable. Casi un milagro. Ya no hablo de goles, pequeñas utopías de cuero, sino de un frágil peligro, algún uy, alguna falta escandalosa, minúsculos incendios en la grada... cualquier cosa que no sea la película esmeralda e interminable del césped, o el blandísimo y estéril magreo de la pelota en el centro del campo. El primer tiempo del Cluj-Sevilla en el Estadio Dr. Constantin Rdulescu fue una gimnasia existencialista. Nada. Y luego más nada. Un puñadito de córneres cándidamente celebrados por la grada. Un remate sin intención, casual, desganado, de De Jong que rozó el larguero. Y nada más que merezca ocupar espacio en este papel, o en esta pantalla, según el gusto del lector.

Si Lopetegui tenía un plan, trató de disimularlo. Se puede echar la culpa al empedrado, el césped no animaba a la magia, pero más palpable que la calvas del campo era la falta de tensión de los sevillistas. Funcionariales y lánguidos. Sin ideas arriba y desenchufados atrás. El bache empieza a parecer un pozo. El Cluj de Petrescu juega práctico y feo. Fue suficiente para incomodar a un Sevilla ausente, fantasmal. Europa iba a ser la redención de un equipo desmayado, pero el bloque demostró las mismas carencias que en Liga. Romo, apático y quebradizo.

Ciprian Deac revoloteaba por los costados nervionenses mientras Omrani y Traoré bregaban con los centrales. Balones a la olla y dejar que el reloj cayera pesadamente sobre la conciencia visitante. Jordán, Fernando y Gudelj eran, en la medular, meros espectadores de un circo murrio. Arriba, De Jong bajando balones para nadie. Como quien recoge azahar de los naranjos para dejarlo marchitar en el suelo. Sin reacción, sin pulso, sólo tristes movimientos horizontales. Sin arte para mover la bata de cola y arrancarse por alegrías si el partido así lo exige. Apenas brochazos grises. Sólo el recién llegado Suso aportaba una finísima y pálida esperanza.

Torpeza de Koundé

Empezó la segunda mitad y nada cambió. El equipo ferroviario vio que el Sevilla seguía sin comparecer y dio un paso adelante. El hostigamiento tuvo premio. Un centro lateral, corría el minuto 59, sirvió para que Koundé hiciera penalti; alzando los brazos con torpeza, impactando con el balón, llamando a la desdicha. No falló Deac, que tiró raso a la izquierda de Vaclik. El guardameta checo adivinó la trayectoria, pero le faltó vuelo.

Le costó un siglo al Sevilla sacudirse la tristeza. Entraron Rony Lopes y En-Nesyri, sustituyendo a Ocampos y a un irreconocible Jesús Navas. Con ellos en el campo el equipo recuperó algunos palmos de tierra. Tras algunos minutos de sacudirse la pereza, el equipo andaluz trenzó una jugada de valor. Rony Lopes filtró un pase de calidad a De Jong, que controló y cedió a En-Nesyri, que sólo tuvo que empujar el balón a gol. Y aún tuvo Lopes, en el alargue, un disparo lejano que Arlauskis paró con vistosidad. Quizá, la única buena noticia de la noche, los buenos minutos del portugués, inédito en esta zigzagueante temporada.

Visto el partido, el empate se celebró con sincero entusiasmo. La vuelta en el Ramón Sánchez-Pizjuán mejorará este partido, porque empeorarlo se antoja un ejercicio imposible, casi melancólico.