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El relevo empieza con Thiem

El relevo empieza con Thiem

Dominic Thiem bromeaba estos días diciendo que igual tenía que hablar con Andy Murray para ver cómo era eso de perder tus cuatro primeras finales de Grand Slam. El austriaco es otra víctima de la tiranía del Big Three. Llegó a dos finales de Roland Garros, pero se encontró a Nadal, el mejor de la historia sobre tierra batida. Y llegó a una del Abierto de Australia, pero le esperaba Djokovic, ganador de ocho ediciones. Por suerte para él en la final del US Open esperaba Alexander Zverev, promesa brillantísima pero aún tierno en estas alturas. Venció Thiem (2-6, 4-6, 6-4, 6-3 y 7-6(6)) y por fin el tenis tiene a su primer campeón de Grand Slam nacido en los noventa.

Zverev empezó como una locomotora. Ya fuera la inercia de la remontada del viernes, la primera vez en su carrera que levantaba dos sets en contra, el trabajo con David Ferrer, su entrenador desde este verano, o el refuerzo de ver que las cosas salían, iba volando. La primera señal era el servicio, incontestable. Pero la otra, la definitiva, era la derecha. Zverev tiene un revés soberbio, pero su derecha no está a la altura de un jugador que ha sido número tres del mundo. En el inicio ante Thiem, hasta con ella dominaba.

Por contra el austriaco estaba apocado. Los saques no entraban. La derecha no corría. Las piernas, tampoco. Se las golpeaba con la raqueta, como intentando despertarlas. Hicieron amago en el segundo set, y aparecieron en el tercero. Como su derecha, como el revés a una mano, el pack completo que lo ha hecho número tres del mundo. Subía, presionaba al alemán, que se iba quebrando. Hasta que Zverev cedió el tercero con tres errores al servicio: dos bolas a la red y una ancha.

Le costó rehacerse a Zverev, perdido ya el brío del arranque, despierto ya el austriaco. Vaya si le costó. Le costó el torneo. Para cuando volvió en sí, ya tenía enfrente al Thiem que había llegado hasta la final arrollando, dejándose solo un set por el camino. Ninguno ante Medvedev, finalista contra Nadal hace un año. Forzó el quinto set, que empezaron intercambiando roturas y gritos de rabia. Descargando tensión.

Fue la tónica de un set decisivo en el que, ya sí, los dos coincidieron a la misma altura. Y qué set. La primera vez en la Era Open que el torneo de Flushing Meadows se definía en tie-break de una quinta manga. Si faltaba épica, echó un carro entero Dominic Thiem, que jugó la muerte súbita cojo, acalambrado, moviéndose a duras penas, pero con la cabeza y la muñeca a pleno rendimiento. Ganó Thiem, que levantó dos sets en contra, que firmó una rotura brillante cuando Zverev sacaba para llevarse el torneo y que no tendrá que llamar a Andy Murray. El tenis ya tiene su campeón de Grand Slam nacido en los noventa.

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