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El Barcelona cambia la cara y el corazón

El Barcelona cambia la cara y el corazón

Si de lo que se trataba era de morir para volver a nacer, el Barcelona llevó tanto la idea al extremo que hasta hace un día -así de cambiante es el fútbol- sólo había certeza respecto a lo primero. Por la incapacidad de sus antiguos gobernantes, que arrastraron al club a la ruina económica y moral. Pero también por el desplome anímico y deportivo de unos futbolistas a los que, entre mimos, contratos y dinero, se les incrustó en las meninges que serían eternos. Sin que nadie les preparara para ese anochecer que se desplomó sobre la institución en Lisboa. En Kiev, el Barça cambió la cara, pero también el corazón. Quizá no exista otro punto de partida. Volver a empezar, aunque Braithwaite fuera el inesperado bigoleador o debutara Matheus Fernandes, un tipo que ni siquiera ha sido presentado. Todo ello permitió zanjar la clasificación para octavos de la Champions y hundir a un Dinamo que había llevado al límite a la vieja guardia en el Camp Nou.

Sólo dos de los futbolistas que asomaron en el equipo inicial frente al Dinamo de Kiev fueron titulares con el Barça en el 2-8 de Lisboa: Ter Stegen y Lenglet. La media de edad se redujo desde los 29 a los 24 años en la alineación más joven de los azulgrana en Europa desde 2011. Más allá de las lesiones de larga duración (Piqué, Sergi Roberto, Ansu Fati) y de esos descansos físicos, pero sobre todo mentales (Messi y De Jong en casa, Griezmann, Dembélé y Jordi Alba en el banquillo), lo que necesitaba el equipo era descubrir nuevos caminos. El conocido, ya se está viendo en el deambular liguero, sólo lleva a la extrema indiferencia.

Así que Koeman, entre la obligación por la deprimente política deportiva y la valentía de quien ya ha recorrido los nueve círculos del infierno de Dante, no tuvo reparos en bautizar a Mingueza. Se trata de un central de 21 años que en su vida no ha visto otra realidad que la de La Masia. Llegó cuando era prebenjamín. En Kiev, jugó con la pasión agónica de la primera vez. Junior Firpo y Braithwaite, ambos prescindibles para el club que pagó 48 millones de euros por ellos, se hicieron también con un hueco. Hubo espacio para Carles Aleñá, durante tantos años despreciado, y que sólo había jugado siete minutos esta temporada. Incluso Riqui Puig, al que su talento innato no le había servido aún para estrenarse en Europa, dispuso de un rato en el último tramo. Como Konrad de la Fuente, que formó en una orilla de bandera estadounidense con Sergiño Dest, un avión cada vez que se fue hacia arriba.

El doblete de Braithwaite

Pese a que poco se le pudiera exigir a este Barcelona de nuevo cuño, el equipo al que dio cuerda Koeman dominó desde el mismo amanecer. Sólo se le pudo reprochar que en el primer acto apenas disparara una vez: un tiro manso de Trincao, al que al menos se le adivinó cierto espíritu de rebelión en un equipo que luchaba contra sí mismo. Contra el ataque estático. Braithwaite iniciaba los desmarques tres segundos tarde. Coutinho no encontraba con quién hacer paredes. Mientras que Pedri, en la zona de influencia de Messi, se esmeraba en idear automatismos grupales.

En ese prólogo no parecía sencillo intervenir en la noche. Ni siquiera el árbitro esloveno Matej Jug, que se abstuvo de señalar penaltis en ambos bandos. Uno reclamado por Trincao, derribado por Garmash, y otro de Lenglet sobre Verbic. El central francés estuvo nublado todo el encuentro. No pidió la vez el colegiado hasta que se llevaron por delante a Braithwaite en la pena máxima que supuso el 0-3.

Por entonces el Barcelona ya había recogido lo sembrado en el primer episodio. Para ello fue necesario que alguien rompiera una vez las líneas, y nada como la irreverencia juvenil. Sergiño Dest rompió como interior, se asoció con Pedri, y se avanzó en el remate a Braithwaite para estrenarse como goleador. Aunque el internacional danés ya iba lanzado en busca de su día de gloria. Fue Braithwaite quien cazó el 0-2 después de que Mingueza ganara con solvencia un córner en el primer palo. El penalti del 0-3 animó una verbena en la que Griezmann no trajo el confeti. Pero sí un baile y la momentánea redención.

Decíamos, morir para volver a nacer. ¿Por qué no?