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El Atlético descubre a tiempo la solución

El Atlético descubre a tiempo la solución

A Juanfran Torres se le puso un nudo en la garganta cuando se situó en el centro del campo del Metropolitano para despedirse de su gente. Sin embargo, hasta que Morata no martilleó la portería de Osasuna con su cabeza, tras más de una hora de frustración rojiblanca, no se dio por satisfecho con el homenaje. Después llegaría su amigo Saúl y completaría la primera victoria liguera del Atlético en un mes. Poco a poco, el gol va dejando de ser una obsesión y va convirtiéndose en normalidad. Aunque siga costando horrores.

Y es que en el descanso, camino de los vestuarios, los jugadores del Atlético repasaban una por una la decena de ocasiones con las que habían asediado la portería de un Sergio Herrera, que durante ese tiempo pareció Jan Oblak. Hubo disparos de todos los colores y siempre acabaron estampándose con el colosal meta de Osasuna, que firmó un primer acto de inspiración divina. Fue Herrera, vestido de negro de pies a cabeza, como aquel mítico Lev Yashin, lo único que separó a este reanimado conjunto rojiblanco de haber dejado todo en orden para firmar con antelación la primera victoria liguera tras más de un mes de largo paréntesis. Sus todopoderosos tentáculos mantuvieron a salvo la portería rojilla durante más de una hora.

Fue Joao Félix, que lleva una semana en despegue, quien tiró de los suyos a golpe de genialidades. Su lucidez, con y sin balón, fue abriendo soluciones hacia un gol que, pese al triunfo, sigue siendo un sudoku para el Atlético. El portugués tiene la agilidad mental y la chispa necesaria para desenredar cualquier embrollo. Sabe cuál es su plan mucho antes de recibir el balón. Pero, igual que le ocurre al resto de sus compañeros, vive bajo el embrujo que se esconde delante del arco adversario. Aunque, la verdad, esta vez el hechizo fue cosa del guardameta Herrera. Joao, igual que Lemar, Saúl o Thomas, se había dado cuenta desde el principio. Pero fue tras un soberbio cabezazo, regalo del canterano Manu Sánchez, en la noche de su estreno, cuando supo que habría que rozar la excelencia para echar abajo el sólido muro de Osasuna.

Sin Lodi, lesionado, la banda izquierda el Atlético fue para el joven Manu Sánchez, que despachó un buen puñado de afilados centros cuando consiguió espantar los nervios propios del debut. Cumplió en su primera hora con los mayores. Y Giménez, que llevaba casi dos meses fuera, se acopló junto a Felipe en lo que parece la pareja de centrales más lógica para afrontar grandes desafíos.

El penalti a Brasanac

Ocurrieron muchas cosas en ese asalto inicial. Para empezar, que fueron los navarros, un equipo que nunca descansa con y sin balón, los que pusieron su empeño para asaltar el Metropolitano. En apenas cinco minutos, Brasanac y Rubén García ya habían puesto en apuros a Oblak. Osasuna demostró con hechos por qué había viajado a Madrid a sólo tres puntos del Atlético. Chimy Ávila fue un incordio permanente. Incluso en medio del cerco rival, reclamó un penalti de Felipe sobre Brasanac que bien lo pareció. Ni el árbitro ni el VAR se inmutaron.

Por momentos, los chicos de Simeone pensaron que, otra vez, el hechizo sería imposible de romper. Pero se equivocaban. La aparición de Correa y Herrera fue como un aleteo de mariposa suficiente para alterar el destino. En la media hora final, encontraron los goles que llevaban tanto tiempo anhelando en LaLiga. La cabeza de Morata, siempre presta al remate, descubrió la primera vía de agua de Osasuna. Y a la carrera, atravesando alambradas enemigas, Saúl logró burlar a Herrera con un exquisito toque de zurda. No hay mejor remedio contra la ansiedad que la contundencia. Aunque sea a cuentagotas. Necesitaron cerca de 20 remates para acabar con sus propios miedos. Pero hace días que este Atlético ha vuelto a sonreír.