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El Atleti se quita el disfraz de humilde

El Atleti se quita el disfraz de humilde

Escondida entre su clásica (y siempre calculada) prudencia extrema, la rueda de prensa de Simeone previa a la Supercopa incluyó un mensaje nuevo, más ambicioso: «Las expectativas son altas y se nos va a exigir desde el nivel de la plantilla que hemos formado. Necesitamos mejorar lo que hicimos la temporada pasada».

Y lo que hicieron la temporada pasada fue quedar segundos en la Liga y ganar la Europa League, así que ya no cuela aquello de «nuestros rivales son el Valencia y el Sevilla». No lo son y la gente no es tonta, así que está bien abandonar un discurso que ya resultaba tan forzado como el último chiste viral de Joaquín (sí, el del Betis, que aburre ya hasta a Hulio). Y por lo que se vio en Tallin, el Cholo hablaba en serio. El Atleti fue mucho menos conservador que en otras ocasiones, no entregó el balón (el Madrid se lo quitó a ratos, como a cualquiera, que es muy distinto) y reaccionó con grandeza al 2-1: quiso como siempre y supo mejor que nunca.

Evidentemente, y por más que desespere a los amantes del discurso único futbolístico, Simeone jamás va a poner a su Atleti a jugar como Guardiola al City. Ni falta que hace. No quiere mejores futbolistas para jugar a una cosa distinta sino para jugar mejor a lo mismo. Nadie le pide a un punk que se ponga a tocar como Mark Knopfler sólo porque le regalen una guitarra más cara: seguirá pegando guitarrazos, pero sonarán mejor.

Igual que este Atleti en el que Rodrigo y Lemar suponen un salto de calidad tremendo en la tormentosa relación rojiblanca con la pelota. Se sabía que poseían el talento, pero eso no basta en este equipo. Carrasco, Gaitán, Vietto, Jackson... Es larga la lista de fichajes que no tuvieron la personalidad necesaria para sobrevivir a la exigencia felizmente enfermiza de Simeone. En su primer partido oficial, ante el ogro terrible, los dos chavales fueron los que más la pidieron. Ni un titubeo. Ni un temblor. Para cualquier atlético, verles es soñar.

Como para cualquier rival, ver a Diego Costa es temblar. Su llegada el pasado enero transformó al Atleti... pese a que él en ningún momento estuvo del todo bien, castigado por constantes problemas físicos. En Tallin, con su íntimo amigo Sergio Ramos como víctima (¿cuánto pagarían por ver un reality protagonizado por estos dos?, ¿en qué piensan las teles?), demostró que su caos derriba enemigos, gana partidos, es imparable. Forma junto al aún posvacacional Griezmann, una de las tres mejores delanteras del mundo. Lo normal, por otra parte, en un candidato claro a todo. Porque eso es el Atleti y ya ni Simeone lo esconde. Tras demasiado tiempo disimulando, Clark Kent se ha quitado las gafas.