Cultura

Wenceslao Fernández Flórez, el relimpio de su generación

Wenceslao Fernández Flórez, el relimpio de su generación

Dice a Don Torcuato que le debe pagar bien los artículos malos, que los buenos se los regala

Wenceslao («Don Wenceslado», para las señoras finas) Fernández Flórez hace con la crónica parlamentaria lo que Gregorio Corrochano con la crítica taurina, elevarla a género literario, hoy extinguido. Ante las «Impresiones de un hombre de buena fe» de WFF, el periodismo parlamentario que se oferta desde la Transición (todas las libertades, menos la de elegir a nuestros gobernantes) debiera despacharse con un ansoniano «¡Fuera de mi vista, gacetilleros!»

–No hay más que dos grupos humanos: los que guisan con aceite y los que guisan con manteca. Los semidioses y los esquimales –suelta D’Ors en un almuerzo de Pascua de la Española, y WFF, que es gallego, se levanta, molesto, pero tercia Pemán y vuelve a sentarse.

Su llegada a ABC tiene la gracia de sus crónicas. Un año lleva intentando, en Madrid, «taladrar el muro de la indiferencia», y un día, mientras apura en La Coruña una colilla veraniega, desconocido, oscuro, recibe un telefonema de Luca de Tena: «¿Le conviene escribir en ABC las impresiones parlamentarias?»

–Incluir su firma en ABC es la oportunidad más codiciable para un cronista. Luca de Tena nunca cohibió el pensamiento de quienes a su lado escribíamos... Cierto artículo mío motivó que se prohibiese la venta de ABC en determinada región. No sólo no me indujo don Torcuato a cualquier rectificación, sino que no me habló del asunto más que al azar de un encuentro en el «foyer» de un teatro. Me dijo: «¿Sabe usted cuánto le cuesta hasta ahora al ABC su crónica de tal día?» «No». «Ochenta mil pesetas». Y se alejó sin una sombra de enfado.

WFF percibe en ABC cien pesetas por artículo, tres veces más de lo habitual. Tarda hora y cuarto; hora y media, si el artículo es bueno. Si es malo, más: «Cuesta mucho trabajo y por eso sale malo. Yo le decía a don Torcuato que me debía pagar muy bien los artículos malos y que los buenos se los regalaba».

Su sensibilidad ideológica es socialista, pero Mainer, un baturro sexador de pollos literarios, lo adscribe a lo peor porque «aceptó la Dictadura de Primo de Rivera» (¡como todo el Psoe!). WFF, muy crítico con los personajes de la República, tiene billete de coche-cama a Estoril en el bolsillo para el 18 de julio del 36, y no puede salir. Comienza su pesadilla, que tiene tres sonidos: el automóvil que pasa frente a la casa, el ascensor que sube y el timbre de la puerta que tintinea. No vuelve a ser el mismo.

Mingote va a la Feria del Libro con el primer tomo de las Obras Completas de WFF para que se lo dedique. «Con amistad y admiración a Antonio Mingoti», escribe el maestro.

–O sea, me admiraba, pero no tanto como para aprenderse mi apellido.

En seguida se ha ido, amabilísimo, pero resbalante, como si estuviera en un espejo, anota Ruano, que lo visita en su casa de Alberto Aguilera:

–Es el relimpio de su generación.

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