Cultura

Una nueva vida para los cuentos de siempre

Una nueva vida para los cuentos de siempre

Pinocho, Pulgarcita y el Mago de Oz se citan en el Museo ABC, reinterpretados por jóvenes ilustradores dirigidos por Benjamin Lacombe

La editorial Edelvives presentó el pasado día 29, en un acto en el que hubo música, lecturas y dibujos en directo, la exposición ¡Cuidado! Están vivos y sueltos, que reúne cuarenta y seis obras originales de cinco jóvenes ilustradores, colaboradores de la colección Clásicos ilustrados que dirige Benjamin Lacombe. La ejecución de los dibujos era filmada y proyectada en una pantalla y fue especialmente oportuna esta lección magistral de dibujo que ofrecieron los artistas, porque la colección de Lacombe no pretende ser una simple reedición de los clásicos de Baum, Andersen o Roumiguière, sino una nueva interpretación, más moderna y libre, de los relatos, basada en los particulares lazos afectivos que se establecen entre unos artistas concretos y unas concretas obras: «El artista seleccionado trabaja sobre una obra a la cual él o ella está íntimamente unido, por afinidad, hasta desembocar en una visión verdaderamente personal, subjetiva, sincera: esta es la piedra angular de esta colección, donde el universo de cada obra de arte sigue siendo singular, al tiempo que se integra en una familia gráfica, coherente y contemporánea».

Nuevos lenguajes

Así, la aproximación de Marco Mazzoni (Tortona, Italia, 1982) a la Pulgarcita de Hans Cristian Andersen, por ejemplo, tendría un cierto carácter feminista, ya que responde a un interés -dijo- por «las mujeres italianas del siglo XX, que aunaban una gran cultura y luchaban y anhelaban una libertad que no tenían». Y la de Yvan Duque (Angers, Francia, 1990) a El maravilloso mundo de Nils Holgersson, de Selma Lagerlöf, se relacionaría con la idea del viaje iniciático, con «un toque de fantasía mientras evolucionaba el protagonista a la edad adulta».

Para el ilustrador (más aún que para el pintor, que en las primeras décadas del siglo XX ya se libera totalmente del peso de la tradición), el reto es siempre buscar nuevos lenguajes sin que por ello la imagen, al fin y al cabo destinada a niños, pierda legibilidad; pero hay también una lucha contra los consensos, contra una imagen ya establecida y consolidada de muchos de estos personajes clásicos: Don Quijote y Sancho, se ha dicho mil veces, jamás lograron deshacerse de la imagen que de ellos construyó Gustave Doré, y otro tanto sucede con el Pinocho de Disney o con El mago de Oz de Victor Fleming. Justine Brax (París, 1979) crea un Pinocho onírico, preciosista, con personajes bizarros envueltos en una atmósfera de símbolos y proyecciones inconscientes que, no obstante, mantienen esa apariencia que a todos nos resulta familiar. Y Benjamin Lacombe (París, 1982) -que ha trabajado a partir de una versión libre de Sébastien Perez sobre el libro de L. Frank Baum- explora todo aquello a lo que el cine no puede llegar: imágenes extraordinariamente elaboradas, estáticas, silentes, que evocan un Mundo de Oz crepuscular y dramático.

Mención aparte merece la obra de Alessandra Maria (París, 1982): muy alejada de las técnicas pictóricas tradicionales de sus cuatro compañeros, el Peau d’Âne de Cécile Roumiguière que ilustra es un universo plano de inspiración modernista, donde coexisten laberínticos fotomontajes y zonas planas de pan de oro. Cinco artistas, cinco cuidadas ediciones que se exponen junto a las obras originales.