Cultura

«Un pueblo traicionado», la boina de Hemingway

«Un pueblo traicionado», la boina de Hemingway

El británico Paul Preston repasa en su último trabajo de investigación la Historia de España entre 1874 y 2014

De la amplia variedad humana existente entre los llamados hispanistas (estudiar y querer a España y los españoles es asunto, con frecuencia, muy diferente, para nuestra fortuna) cada uno es libre de elegir a su gusto lo peor de cada casa. Tenemos a Madame D’Aulnoy, muerta en 1705 y famosa por sus cuentos de hadas, que quizás no cruzó los Pirineos. O al piadoso danés Hans Christian Andersen, tan amigo de los niños. Mejor dejémoslo así.

También en el siglo XIX, hay dos franceses notables. Primero, el que según refirió en publicación posterior destinada a la Europa leída y burguesa, encontró contraproducente que no lo hubieran asaltado los bandidos, un requisito folclórico imprescindible del circo español llamado «viaje» al (entonces) tercer mundo. Segundo, el vicioso Prosper Mérimée, papá de la ¿literaria? Carmen, que se enfadó tanto cuando vio el primer ferrocarril cruzando La Mancha que proclamó que España estaba acabada y nada sería lo mismo. Lo propio de los españoles era seguir viajando en burro, vender sus cuerpos y morir jóvenes para que el señor estuviera contento.

Excepción romántica

El siglo XX supuso, con la horrible Guerra Civil como drama colectivo execrable, un reforzamiento de esas visiones basadas en el excepcionalismo romántico. El gran Ernest Hemingway dejó plantado el último daiquiri en Florida y salió corriendo en 1937 para Madrid, pues España era «donde había que estar». En esa línea del recalentamiento de la anomalía española, la espera abyecta y secular a que los españoles se maten de nuevo entre sí, están quienes desearon que la transición democrática saliera mal, o en 1981 el intento de golpe de Estado saliera adelante, o la actual fortaleza democrática del Estado de derecho en España acabe de resquebrajarse por la acción combinada de exterroristas y convictos recientes por golpismo.

Por eso, sorprende que un historiador reconocido sucumba, a estas alturas de su trayectoria, a los argumentos del «pueblo bueno» y las «elites malas», u ofrezca esta nada original síntesis de tópicos viejos e informaciones conocidas. Lo de «un pueblo» desde el título marca tendencia y recuerda a Don Jorgito Borrow, el vendedor inglés de biblias que visitó España a partir de 1835 en busca precisamente de «un pueblo» para salvar su alma cristiana. ¿No habíamos quedado en que los ciudadanos somos individuos? Las nueve partes que componen el volumen, centradas en el siglo XX, no dejan lugar alguno para el consuelo. «El libro muestra cómo España pasó de la desesperación absoluta de 1898 a una montaña rusa de acontecimientos… la guerra civil fue la más dramática de una serie de luchas desiguales entre las fuerzas de la reforma y la reacción… la restauración de la democracia [en 1977] estuvo acompañada por las viejas prácticas» (p. 17).

Lo que no cuenta

El problema es otro. Si cambiáramos España en estas frases, con algunos ajustes, por Francia, Alemania, Italia o Reino Unido, ¿se podría decir exactamente lo mismo, o quizás sería aún peor allí que aquí? A falta de una comparación que sostenga el argumento principal, el mérito de este libro subyace en lo que no cuenta. La supuesta esencialidad de la corrupción en la historia de España se corresponde, si acaso, con la formidable resistencia y la acción sostenida de la sociedad civil contra su nefasta influencia.

Generales, obispos y monarcas (los malos de este folletín) han sido, si acaso, un reflejo de la elite española, incluso en su evidente y rica porosidad. La historia de los corruptos es la historia de su derrota. Aunque Preston acabe el libro criticando (p. 605) que las instituciones españolas funcionen contra corruptos actuales, que patrocinan en Cataluña golpes de Estado.