Cultura

Trueba o la memoria emocionada

Trueba o la memoria emocionada

Fue Machado el que en un alarde no queda claro si de sinceridad o de sólo locura dijo aquello de "Sólo recuerdo la emoción de las cosas;/ y se me olvida todo lo demás". Los hechos, en efecto, importan, pero quizá, y en según qué situaciones, es la emoción la que salva. 'El olvido que seremos', la película de Fernando Trueba que sigue en la distancia pero por dentro la novela de Héctor Abad Faciolince, es básicamente un tratado sobre la memoria construido desde una indubitable fe machadiana. La película discurre en Colombia, pero bien podría haberlo hecho en Soria. Se ocupa de un pasado violento, pero cada uno de sus gestos remite al presente igual (o casi) de furioso. Es tan perfectamente Trueba (Fernando) que se diría dirigida por, otra vez, Machado. Y así.

La película que después de recibir el sello de Cannes sirvió para clausurar el Festival de San Sebastián narra la historia de un padre, Héctor Abad Gómez. Es un cuento que cuenta su hijo, Héctor Abad Faciolince. Y es ahí, en el secreto de admiración, pero también de necesaria renuncia, que siempre ata y desata la más vieja de las alianzas, la paternofilial, donde se resuelve toda la película. La idea no es tanto narrar lo que ocurrió como detenerse en todo aquello que las historias oficiales acostumbran a dejar de lado. No es memoria archivada sino memoria compartida y vivida. Y vívida. Y aquí importa tanto la contundencia firme de lo que se recuerda como el hueco frío y con eco de lo que se olvida.

Trueba plantea la película partida en dos. Una de ellas navega por una paleta de colores tierra o quizá encendidos donde la familia sencillamente vive. Recuerda al bullicio renoiriano de Belle époque con la misma claridad que a la ingenuidad triste de El año de las luces o, por qué no, Ópera prima. Todo vuelve al principio. La otra, la más actual, aparece en blanco y negro quizá porque sólo los tonos grises son capaces de capturar con la nitidez debida asuntos como la muerte, la decepción u, otra vez, el olvido.

Guiada por una interpretación cerca del milagro de un Javier Cámara convertido de repente en doctor colombiano y padre, pese a todo, perfecto, El olvido que seremos se las arregla para construir antes que nada un universo donde el espectador es invitado no tanto a ver u observar como vivir. Los personajes y situaciones que discurren por la pantalla observados por el niño primero y por el joven universitario después son, antes que el retrato de una época y un tiempo pasado, la descripción meticulosa de un estado moral, que no de ánimo. Trueba se empeña en convertir la evidencia de la bondad en acontecimiento; la certeza de la dignidad, en espectáculo; la belleza, en un modo de estar en el mundo. Y, lo que son las cosas, lo consigue. El olvido que seremos es cine para la exaltación y, apurando, la evidencia. Es cine para sencillamente la vida.

La historia de Héctor Abad Gómez es la de un hombre que empeñó su vida en ayudar a los demás. Logros suyos fueron las vacunas generalizadas para críos, el agua potable para todos y la sanidad pública. Pero lo relevante, más allá de la estrategia política o la hagiografía consentida, es el impulso hacia no que no admite duda. El olvido que seremos es una película tan intencionadamente ingenua que acaba por autoconvencerse de que el mayor de los cinismos es el que no existe. Aquello de "Dadme cretinos optimistas, que ya estoy hasta los pelos del pesimismo de nuestros sabios", también de Machado, adquiere ahora la relevancia que debe. Pero no nos engañemos, Héctor Abad Gómez fue asesinado.

Para el final queda más que la memoria de lo que fue, la emoción de lo que queda. Trueba ha hecho una película inolvidable. Por emocionante. Y viva.


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