Cultura

¿Te acuerdas de lo que hiciste anoche?

¿Te acuerdas de lo que hiciste anoche?

Sarah Hepola muestra el lado más decadente del alcohol en «Lagunas», donde cuenta cómo superó su adicción a la bebida

Antes de encender el gas y meter la cabeza en el horno, Sylvia Plath evocó en sus obras su gusto por la bebida. «El vodka –escribió– bajaba directamente hasta mi estómago como la espada de un tragasables y me hacía sentir poderosa y semejante a un dios». Con el vino le invadía una sensación de «abandono… de lujo, dicha, un deje erótico».

A Plath le gustaba quedar con Anne Sexton para tomar unos martinis. «¡Ladrona! ¿Cómo te has metido dentro, / te has metido abajo sola / en la muerte a la que deseé tanto y tanto tiempo?», le reprochó su amiga tras el suicidio: «La muerte sobre la que hablábamos tanto cada vez / que en Boston tomábamos tres martinis extra secos […] la muerte que nos bebimos».

Sexton tenía 45 años cuando, tras varios tratamientos en hospitales psiquiátricos que no acabaron con sus adicciones, se sirvió su último vaso de vodka, antes de dejar el motor del coche encendido en el garaje. Era su décimo intento de suicidio.

Para cualquier universitaria que coqueteara con lo oscuro, Sylvia Plath y Anne Sexton eran dos lecturas obligatorias, escribe Sarah Hepola (Filadelfia, 1974) en « Lagunas» (Pepitas de calabaza). Colaboradora en varias publicaciones anglosajonas en las que ha escrito sobre música, cine o sexo, Hepola pertenece a esa generación heredera de las feministas que en los setenta se agarraron al alcohol como símbolo de la igualdad de oportunidades.

«Joven, culta y borracha»; ese era el lema de las universitarias de los años noventa. Ya se sabe que no hay nada más estético que la decadencia.

Hepola bebía porque era la única manera de sentirse a gusto. Bebía «porque deseaba tener la valentía de una mujer sexualmente liberada». Bebía porque era lo que hacía la gente normal: «El alcohol forma parte de nuestro contrato erótico y social. Beber para calmar los nervios y nublar el juicio es un acuerdo al que se llegó hace mucho tiempo». Bebía para afrontar la soledad. Bebía para escribir...

Hepola se dio cuenta de que era una adicta cuando cayó en que la respuesta a «¿te acuerdas de lo que hiciste anoche?» era siempre «no». Las lagunas, esas horas de la noche anterior que desaparecían de su memoria, eran «la encrucijada que separaba dos formas distintas de beber». Una más sana y otra «que te dejaba hundida y destrozada».

En «Lagunas», Hepola cuenta cómo su alcoholismo prolongó su adolescencia hasta la treintena, cuando por fin decidió dejar de beber. No lo consiguió ni al primer ni al segundo intento. Por el camino hubo dudas, recaídas y miedo a estar sola.

«El alcohol es un auténtico charlatán», hace creer a la gente mejor de lo que es, mejor amante, mejor escritor… «Su mayor mentira es hacernos creer que lo necesitamos, aunque nos destroce». Dejar de beber fue el primer acto verdadero de la madurez de Hepola.

Si cada generación reinventa la rebelión, la suya lo hizo con el alcohol: «La adicción del futuro son las pastillas. Un chaval que toma oxicodona a los 15 años no le da importancia a meterse heroína a los 19. Básicamente, es lo mismo. Todas las drogodependencias forman parte del mismo continuo».