Cultura

Sueño de trenes en la literatura

Sueño de trenes en la literatura

Una de las muchas leyendas del ferrocarril (y de las más curiosas) es la que lo relaciona con la muerte

En el año 1830 tuvieron lugar tres acontecimientos históricos: el estreno de la primera vía férrea, el estreno de Hernani de Victor Hugo y el estreno de la Sinfonía fantástica de Berlioz. De modo que 1830 marca tanto el inicio del romanticismo (o su segunda oleada, después de aquel romanticismo anglo germánico de fines del XVIII) como el inicio del mundo tecnológico moderno. A partir de entonces, el tren ha ido extendiéndose por el mundo, y también su simbolismo y su poesía. Una de las muchas leyendas del tren, y una de las más curiosas, es la que lo relaciona con la muerte. Resulta apasionante comprobar cómo en muchos de los libros que tratan de la vida después de la muerte, como en Cómo viven los muertos de Will Self o El otro lado de Alfred Kubin, aparece un tren que lleva hasta allí. Es el tren de los muertos, que en The Descent of Allette de Alice Notley se convierte en un tren subterráneo. Y la verdad es que uno siempre siente que está muerto y que va entre muertos cuando viaja en un tren subterráneo. Recuerdo también un cómic de los 80, Transglacial, de Lob y Rochette, que trata de un tren en el que vive toda la humanidad y que recorre sin fin un mundo muerto y helado, hoy transformado en varias películas, una del coreano Bong Joon-Ho, Rompenieves.

Recuerdo la maravillosa novelita Sueño de trenes de Denis Johnson y el inolvidable retumbar de los trenes de Del tiempo y el río de Thomas Wolfe, esos épicos trenes americanos que ya no existen, ya que en Estados Unidos, el ferrocarril, tiempo atrás uno de sus símbolos nacionales, se usa casi exclusivamente para el transporte de mercancías. En 1844, ya en su decadencia poética, W. Wordsworth escribió un soneto, a raíz del proyecto de poner un tren entre Kendal y Windermere, que comienza así: «¿Es que no hay un rincón de Inglaterra que esté a salvo / del asalto violento?». En sus días era, sin duda el exabrupto de un hombre mayor, conservador y contrario al «progreso». Hoy en día sería un soneto ecologista.