Cultura

Sara Mesa, espléndidamente incómoda

Sara Mesa, espléndidamente incómoda

La autora madrileña demuestra en «Un amor» un dominio del lenguaje que juega a los silencios y los equívocos, que rompe tabúes

La buena literatura es imprevisible. Y se aleja de catecismos. En la anterior novela, Cara de pan, Sara Mesa (Madrid, 1976) mostró una de sus mejores cualidades: no sabes por dónde te va a salir. Justo lo contrario de lo que ocurre casi siempre cuando se tratan problemas relativos a la mujer, el sexo, la incomunicación o la dependencia de los otros. Esta es una novela que solamente podría haberla escrito una mujer, por el tipo de mirada sobre ciertos enigmas del deseo y la dominación, aunque no debe dejar de decirse también que solamente la podría haber escrito una mujer en el sentido de que si lo hace un hombre se lo comen.

Precisamente, porque se sitúa en un lugar en que lo no dicho está queriendo salir a flote, ese es el lugar de la buena literatura, que es más grande cuando sabe llevarte a sitios que no conoces, o que creías conocer pero no han sido contados, cuando aflora lo que dejamos escondido, o no es conveniente que salga. Tal es el punctum de esta novela porque Nart, la chica traductora que se encierra en una aldea de La Escapa, junto a un monte denominado Glauco, va descubriendo que ella es quien no quiere ser, o mejor, no quiere saber lo que va descubriendo que ella es, porque sus deseos, imaginarios y deudas psicológicas no están permitidos.

Espacios cerrados

Ni para ella ni para esa sociedad del entorno en el que se mueven personajes muy bien trazados como Piter, Andreas o el casero cuya mirada resulta repulsiva. Hay en el estilo de Sara Mesa, que necesita por ello el espacio intenso que reclama la novela corta, un desarrollo en el cual lo interior y lo exterior configuran un dominio único, que comunica entre sí.

Los espacios de Sara Mesa suelen ser cerrados, asemejan cárceles. Alguna vez fue un internado, otra vez una urbanización muerta, en las últimas, a partir de Cicatriz, y en Cara de pan, ese espacio cerrado se resuelve en las dominaciones que dos personajes se imponen

Es una novela que solo podría haber escrito una mujer, por el tipo de mirada sobre el deseo

Con Un amor llega a una síntesis pues los espacios externos (lo material agreste, la gente aldeana, los habitantes de La Escapa, la incomprensión cultural entre lo moderno y lo atávico, incluso entre lo humano y lo animal) y el espacio interno de los deseos silenciados y de la dominación del otro, terminan siendo dos caras de una misma moneda. Hay en Sara Mesa la realización de un programa que habría sido muy grato al naturalismo de Pardo Bazán, pero que se desnutre de la ideología social explicita de aquélla, para surcar los territorios de lo implícito, de aquello que esta silente, y que amenaza, en una magistral tensión narrativa, un equilibrio que finalmente se rompe.

Este vaivén de lo implícito que no termina de salir afecta también a la idea de la inicial superioridad intelectual de Nat sobre Andreas o de la discursivización sofisticada frente a lo primitivo natural. Nat habría querido imponer una superioridad que no tiene porque su cuerpo, y la cultura, también la pulsión que le impele a desear ser mirada y deseada, es más fuerte que todos esos discursos. La lucha interna que parece personal no lo es, puesto que afecta la contraposición entre deseo y romanticismo, entre lo natural y lo social, construido y sustentado por los otros. Sara Mesa ha escrito la que me parece su mejor novela.

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