Cultura

Ramón Masats y el espejo feroz de España

Ramón Masats y el espejo feroz de España

La historia de la fotografía tiene grabado en su dintel el nombre de este hombre con bigote de ballenero. Un artista -esta apreciación le hará volver con urgencia la página- que ha mostrado la exacta manera de ser españoles a varias generaciones confusas. Sin más retórica que la de poner una de las córneas en el visor de una Leica y saber disparar a tiempo. Ramón Masats lleva desde hace media vida un chaleco de artificiero lleno de bolsillos. Es alto, catalán, andaluz y descreído. Durante años salía de batida por España con una cámara colgada al hombro y regresaba a casa con el cinto cargado de imágenes asombrosas y precisas antes y después de que los cimientos del Estado arraigaran en el humedal de la democracia. Con una máquina de retratar extrae de la realidad toda su magia sin alterarla. Es uno de los rolling stone de la fotografía en España, junto a Carlos Pérez-Siquier.

Algunas de las imágenes más reconocibles de las capturadas por Masats son un faro de costa que ahora destella en las salas de Tabacalera, en Madrid, reunidas con el título general de Visit Spain. Una exposición, abierta hasta el próximo 18 de septiembre, de la que es comisario Chema Conesa y que recoge una década de trabajo: de 1955 a 1965. El tiempo del aperturismo, cuando el fotógrafo abraza una obsesión: retratar los tópicos con los que la cultura oficial bendecía los valores patrios. Ahí es cuando Masats alcanza uno de los momentos de esplendor de su obra y alcanza estampas esenciales como la del seminarista parando un penalti o la de una mujer que traza una línea de tizne en el zaguán encalado de su casa en un pueblo de La Mancha, haciendo de una inesperada geometría cubista.

No tiene teorías. Es como si se hubiera desprendido de cualquier voluntad didáctica. Encontró lo suyo y basta. España tiene en su obra un espejo feroz. Sin concesiones. "La realidad está ahí. No he visto más de lo que hayan podido observar otros. Una buena fotografía puede salir de cualquier cosa: de una boda, de un bautizo... No hace falta espectacularidad, sino profundidad... Pero yo ya me he cansado. He colgado las cámaras. Perdí la afición», ha dicho en alguna ocasión.

Su trabajo venía sin retórica, tocado por una intuición sobrecogedora, por esa pureza herida. Descifraba aquel país con sabañones y noches de cuplé desde el gran ventanal de la sencillez. De ahí su militancia en la escuela de Cartier-Bresson. Atento al instante único que da seña y hora de un tiempo concreto. Así lo hizo en aquella serie magistral que reunió bajo el título de Los Sanfermines. Junto a compañeros como Miserachs, Terré, Maspons, Cualladó, Joan Colom, Pomés, Pérez Siquier, Paco Gómez y algunos más formó una leva irrepetible. "Buscábamos revolucionar la fotografía que se estaba haciendo aquí", dice. "Y nos juntamos de una manera espontánea, movidos por la enorme afición que teníamos. A mí me ha tocado ser quizá el más conocido de ellos, pero no quiere decir nada. Pertenezco a una generación que ha sido maltratada durante mucho tiempo. Y eso me duele. Sobre todo cuando uno mira alrededor y ve que en este oficio hay tanto charlatán".

El trabajo desplegado de Masats en Tabacalera es algo más que el repaso de una obra magistral: es el reencuentro con una manera de entender un tiempo, un país, una sociedad de no hace tanto. Y de ahí también venimos, como antes venimos del mono.

Pastores envueltos en sus mantas en un campo de Castilla retratados por Masats en los años 50.
Pastores envueltos en sus mantas en un campo de Castilla retratados por Masats en los años 50.
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