Cultura

Quino, el hombre que tenía miedo de sí mismo

Quino, el hombre que tenía miedo de sí mismo

Cuando Quino acudió a Oviedo en 2014, su niña Mafalda (como el Baby Joda de ahora) acababa de cumplir 50 años. Entonces, el argentino de nacimiento que era Joaquín Salvador Lavado Tejón ya vivía en España. Y el republicano que fue y seguía siendo el dibujante de historietas, además de infatigable combatiente de injusticias, recibía el Premio Príncipe de Asturias justo antes de pasarse a llamar Princesa. El premio no él. Se diría que, de puro contradictorio, todo se empeñaba en tener su propia y peculiar sentido, pero del revés. Como bien sabía Chaplin, la comedia es un asunto demasiado serio para ser tomado seriamente.

En algún momento, Quino tuvo que llegar a la misma conclusión. Se le notaba en su actitud divertida en su seriedad; grave en su profunda amabilidad; cercano por melancólico. Contradictoria y cabal. Pocas tristezas tan conmovedoramente alegres. Decía Quino desde la perplejidad de la silla de ruedas que no entendía tanto entusiasmo como provocaba. "El personaje que creé no sabía lo que era un ordenador ni un teléfono móvil ni nada de eso. Por eso me resulta tan extraño que los niños sigan leyéndolo aún. No parece que tenga que ver nada con ellos", decía a la vez que sonreía sabedor quizá de que era precisamente por eso.

Contaba que Mafalda le surgió, más allá del cacofónico compromiso publicitario (eletrodomésticos Mansfiled) de donde por lo visto nació su nombre, de la necesidad de entender quiénes eran los buenos y quiénes los malos. "Con la Segunda Guerra Mundial acabada, una simple alianza entre países convertía a los héroes en villanos y al revés... Ahora, la verdad, poco ha cambiado. O sí. Ahora parece que todos fueran definitivamente malos", decía. Quino presumía de politizarlo todo. Y hacerlo no tanto por compromiso, que también, sino por buscar un sentido a lo que en el fondo sospechaba que nunca lo tuvo. O no del todo. "Creo que la vejez es como un golpe de Estado fascista. De repente, y sin previo aviso, alguien te prohíbe todos los placeres y hasta te impide que te muevas... Además, es incluso peor, porque no existe la lejana posibilidad de una revolución social que devuelva las cosas a su sitio. Es una guerra perdida", afirmaba entre melancólico o sólo terrible, terriblemente lúcido.

Él que parecía capaz de hacer un chiste de cualquier cosa, por tremenda que fuera, en realidad, nunca soportó la cercanía simple del simple sufrimiento. Nunca pudo colaborar con Aministía Internacional, aunque lo intentó, y jamás le alcanzó el lápiz para acercarse siquiera al drama de los desaparecidos de su país. "Recuerdo que cuando niño vi las consecuencias de un terremoto cerca de Ciudad de Mendoza, donde nací y estuve tres días sin poder comer... No digo que no se pueda hacer humor de lo más terrible. Simplemente yo no puedo". Y acto seguido recordaba un viejo terror de la infancia que quién sabe si no fuera el origen de todo. "Siempre temí a los viejos y a los borrachos... Ahora, la verdad, tengo miedo de mí. Por viejo y por... Bueno, nadie puede acusarme de no ser coherente". El humor, decía feliz (o triste, qué más da), es contradictorio por libre. Pues eso.


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